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Opinión
domingo 5 de marzo de 2017, 01:00

La dictadura del pene

Luis Bareiro - Tw: @luisbareiro
Por Luis Bareiro

La peor discriminación es aquella incorporada culturalmente por una sociedad y asumida como natural.

La esclavitud fue una práctica corriente durante miles de años y no fue sino hasta la Revolución Francesa que surgieron voces condenándola.

Pese a esas primeras críticas, a inicios del siglo XIX seguía siendo común en casi todo el planeta.

Llevó un largo periodo de guerras e insurrecciones de cien años desterrarla en términos legales, pero sus consecuencias contraculturales siguen impactando hasta hoy en día.

En los años cincuenta, considerada la década dorada de los Estados Unidos, era rutina que los periódicos informaran del asesinato de ciudadanos afroamericanos cuyas muertes quedaban impunes.

La sociedad sabía que se trataba de crímenes provocados por odio racial, pero, de alguna manera, el grueso de la población blanca los había asimilado como incidentes inevitables, un fenómeno que afectaba únicamente a la minoría negra y pobre.

El asesinato brutal de un adolescente negro que estaba de vacaciones en uno de los estados del sur a manos de dos hombres blancos que lo molieron a golpes y luego le dispararon, y la decisión de esa madre doliente de exponer el féretro abierto y darle un rostro destrozado a la discriminación empezó a despertar la conciencia anestesiada de una población embelesada con la ilusión del sueño americano.

Le siguió la voluntad de hierro de Rosa Park, la mujer negra procesada por negarse a ceder el asiento a un blanco cuando las leyes vigentes permitían discriminar hasta las sillas del colectivo.

Luego vinieron el boicot al transporte público, la toma pacífica de edificios, las marchas, el ingreso forzado de estudiantes negros a universidades segregacionistas, la prédica de ese gigante humanista que fue Martin Luther King y su inmolación por la causa.

Hoy sabemos que la diferencia entre un blanco y un negro es apenas un detalle genético minúsculo, la cantidad de melanina que se produce en piel. Y, sin embargo, esa disimilitud intrascendente determinó que una persona tuviera todas las oportunidades o pocas o sencillamente ninguna.

Un ciudadano del siglo XXI, educado y conectado virtualmente al mundo, consideraría hoy esta historia de discriminación e injusticia un absurdo inexplicable.

Más o menos melanina no puede marcar la diferencia. Y, sin embargo, ese mismo ciudadano puede que esté de acuerdo con otra forma de discriminación, más antigua que la esclavitud, pero tan vigente como cuando empezamos a caminar erguidos.

Aún en el siglo XXI las posibilidades de acceder a la educación o de ocupar mejores puestos de trabajo, o los riesgos de ser sometido a violencia física o verbal, de ser acosado sexualmente, de ser considerado una propiedad, de ser explotado depende también de un mero accidente biológico, del azar, de qué espermatozoide llegó primero.

El miércoles hay un paro simbólico de las mujeres en el planeta. Reclaman algo muy básico; que la vida de todos no depende de si tenés o no un pene.