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Economía
domingo 9 de octubre de 2016, 01:00

La deuda soberana en dólares

Existe una creciente y acertada preocupación por el rápido endeudamiento soberano. La prensa opina con grandes titulares, pero la información parece ser confusa, mientras los actores del Gobierno no se coordinan en cómo explicar el fenómeno, lo que a su vez aumenta aún más la preocupación. En verdad, estamos frente a un problema muy serio, tal vez el más delicado de todos los problemas actuales.

Suponiendo el caso de un Estado poco endeudado, las consecuencias dañinas serían muy limitadas. El déficit se resolvería internamente, se emitiría más la deuda en guaraníes para bicicletear, se imprimiría más moneda, sería posible contener algunos gastos. En fin, se pueden congelar los salarios de funcionarios públicos, se dejaría de pagar a los proveedores locales (como ya está ocurriendo), y al final la indisciplina gubernamental no causaría un impacto internacional. El sector real sufriría poco.

En la situación de un Estado muy endeudado, y más todavía en moneda extranjera como ya es nuestro caso, estamos frente a riesgos mayores para el país y, por ende, para el sector real. La deuda soberana hay que pagarla en dólares, cualesquiera fuesen sus intereses y sean las amortizaciones de capital. El BCP no imprime dólares, por lo que debe de salir a comprarlos localmente, y también debe de salir a contraer externamente más deuda en dólares, evidenciando internacionalmente la bicicleta. Todo esto compitiendo con o contra el sector real. Como en Paraguay no hay financiamiento a largo plazo en guaraníes, cualquier empresa termina obligadamente financiándose en dólares a largo plazo, aun cuando su flujo de caja sea en guaraníes. Los bancos prestan preferentemente en dólares porque más del 50% de sus depósitos en los bancos está en esa moneda. Creemos que vivimos en una economía cuasi dolarizada, pero ¡eso es mentira!

Estamos con un Estado bastante endeudado, esta vez en dólares y no más en guaraníes, con una capacidad de inversión mínima porque más del 90% de los recursos son gastos rígidos. Y tenemos obligaciones impostergables con las entidades multilaterales y tenedores de bonos a los cuales no podemos dejar de pagar ni atrevernos a renegociar, mientras que, a los proveedores locales en guaraníes, el Gobierno los puede ignorar. El Estado queda con pocos grados de libertad y su espacio de maniobra es limitado, por lo cual va a terminar colisionando contra el sector privado.

Las empresas van a pagar intereses más altos para prestar; el Gobierno competirá para comprar dólares, por lo que no podrá hacer lo que hace hoy, un control indirecto del tipo de cambio (dirtyfloating). Pues el dólar deja de ser un precio más a monitorear y pasa a convertirse en una mercadería imprescindible para su sobrevivencia. Está escrito en las paredes: los impuestos van a subir, y con eso se esfumará el atractivo de un país semiparaíso fiscal, con el eslogan publicitario del triple diez (10% IVA, 10% renta corporativa, 10% de renta personal).

Toda la música que escuchamos sobre la sustentabilidad de la deuda es coreografiada por efímeros actores. Un ministro de Hacienda dura poco más de un año, mientras que la deuda dura 30 ministros de Hacienda consecutivos. Un gobierno dura cinco años, mientras que la deuda dura seis gobiernos consecutivos. La discusión del numerito de la deuda como porcentaje del PIB es una falacia. El verdadero tema de fondo es que la deuda solo será sustentable si durante 30 años el sector real de manera consistente e ininterrumpidamente aumente su producción y productividad, su capacidad de generar riqueza. Y siempre en una proporción mayor a los costos de los intereses y la diferencia cambiaria respecto al dólar. He aquí la cuestión.