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domingo 12 de marzo de 2017, 01:00

La crisis cartista detonó en Guairá

Por Estela Ruiz Díaz
Por Estela Ruíz Díaz

El escándalo de la Gobernación del Guairá que ya no sabe quién es su gobernador es el fiel reflejo del manejo desvergonzado del poder en el Paraguay. Políticos corruptos, ambiciosos, sin la más mínima subordinación a las leyes, la institucionalidad, vacíos de ética, que atentan contra el sentido común, gracias a jueces venales y pusilánimes que emiten sentencias según la línea de su jefe de turno.

Este grotesco espectáculo público revela cómo los políticos son cómplices en la corrupción y solo se delatan cuando uno quiere quedarse con toda la torta. Ahora los concejales y sus padrinos políticos hablan de escandaloso robo en la Gobernación, un dato que se manejaba bajo la mesa porque compartían las regalías de los fondos públicos y del negocio del oro en Paso Yobái.

El país sigue atónito día a día, como una telenovela, los enredos políticos y entuertos jurídicos que pujan por un pedazo de poder regional, pero que tiene su impacto en el corazón del cartismo.

El golpe contra el gobernador Rodolfo Friedmann tiene demasiadas aristas y aunque el oficialismo pretenda reducir la pelea a un asunto de cacicazgo regional, la explosión en Guairá es apenas el inicio de la crisis que ya se anidó en el cartismo y que explotará apenas se defina la reelección.

CHAMBONES. El golpe regional no tiene aún claros ganadores, pero sin duda ya puede hablarse de perdedores. Aquí sobresalen el senador Gustavo Alfonso, y en una segunda línea, Cándido Aguilera. Y aunque nieguen autoría moral, aparecen como los principales cabecillas, acusados directamente por Friedmann, quien también apuntó al presidente Horacio Cartes.

No solo han fracasado, por ahora, en la destitución, sino que han puesto en el punto de mira al presidente como el gran titiritero detrás de una maniobra con tufo a golpe, lo que lleva necesariamente las sospechas al escenario de la reelección.

Gestor o no del golpe, Cartes y la cúpula de la ANR escondieron la cabeza esperando que los acontecimientos precipitaran la caída del gobernador que sigue resistiendo el embate con trinchera y resistencia. Lo que debe hacerse cuando uno considera que le usurpan el cargo.

El silencio vergonzoso de la cúpula colorada no fue sino la confirmación de la complicidad con la maniobra política. Tan evidente es que el presidente de la ANR, Pedro Alliana, recuperó la voz una semana después de los incidentes solo para decir que "chateó" con Friedmann y que "iba a seguir su caso".

Uno puede fingir demencia en asuntos domésticos, pero en política eso es confesión.

El Consejo de Gobernadores recién el miércoles sacó un comunicado a favor de su colega. Sobre todo para espantar fantasmas porque temen que "siente un precedente de quiebre institucional que podría replicarse en otros departamentos".

EMPLAZAMIENTO. En medio de la humareda guaireña, el tema reelección sigue en punto muerto. Aunque los aliados digan que hay un 80% de avance, la no presentación del proyecto es la prueba más fehaciente de que el pacto no está cerrado.

El clima triunfalista va cediendo a la incertidumbre.

El tiempo conspira contra los reeleccionistas. Tanto que Fernando Lugo dio a sus aliados 12 días para definir el pleito, porque sabe que los plazos políticos y electorales apremian. Tanto el presidente como el ex obispo tienen un largo camino que recorrer en cualquiera de los dos escenarios.

Marzo es el mes para aprobar la enmienda, luego será peligrosamente tarde.

Lilian Samaniego ya anunció sugestivamente que si no sale la reelección vía enmienda, Horacio Cartes no recurrirá a la certeza constitucional para forzar su candidatura. Además, el presidente no confía totalmente en un voto colorado, clave para los 23 votos. Teme una traición en la hora clave de la votación.

Con reelección o sin ella, el cartismo es una olla a presión sin válvula de escape.

Cuando se defina el panorama, explotará por los aires.

Guairá es apenas una pequeña muestra.