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jueves 12 de enero de 2017, 01:00

La comunión sacramental

Hoy meditamos el Evangelio según San Marcos 1,40-45.

Llegó un leproso a donde estaba Jesús, se postró de rodillas, y le dijo: Si quieres puedes limpiarme. Y el Señor, que siempre desea el bien nuestro, se compadeció de él, le tocó y le dijo: Quiero, queda limpio.

Enseña Santo Tomás de Aquino que el Cuerpo de Cristo está presente en la Sagrada Eucaristía tal como es en sí mismo, y el Alma de Cristo con su inteligencia y voluntad; se excluyen solo aquellas relaciones que hacen referencia a la cantidad, pues no está Cristo presente en la Hostia Santa a la manera de una cantidad localizada en el espacio. De un modo misterioso e inefable está con su Cuerpo glorioso.

La Segunda Persona de la Trinidad Beatísima está allí, en el Sagrario que visitamos cada día, quizá muy cercano a la casa donde vivimos o muy próximo a la oficina donde trabajamos, en la Capilla de la Universidad, de un hospital o del aeropuerto; y está con el poder soberano de su Divinidad increada.

El papa Francisco a propósito del evangelio de hoy dijo: “’Señor, si quieres, puedes limpiarme…’. Jesús, sintiendo lástima; extendió la mano y lo tocó diciendo: ‘Quiero: queda limpio’. La compasión de Jesús. Ese padecer con que lo acercaba a cada persona que sufre. Jesús, se da completamente, se involucra en el dolor y la necesidad de la gente… simplemente, porque él sabe y quiere padecer con él, porque tiene un corazón que no se avergüenza de tener compasión.

No podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado. Esto significa que, además de curar al leproso, Jesús ha tomado sobre sí la marginación que la ley de Moisés imponía. Jesús no tiene miedo del riesgo que supone asumir el sufrimiento de otro, pero paga el precio con todas las consecuencias.

La compasión lleva a Jesús a actuar concretamente: a reintegrar al marginado. Y estos son los tres conceptos claves que la Iglesia nos propone hoy en la liturgia de la palabra: la compasión de Jesús ante la marginación y su voluntad de integración…”.

(Frases extractadas en el libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal)