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lunes 17 de abril de 2017, 01:00

La alegría de la Resurrección

Hoy meditamos el evangelio según San Mateo 28, 8-15. El alejamiento de Dios, el descamino, es lo único que podría turbarnos y quitarnos ese don tan apreciado. Por tanto, luchemos por buscar al Señor en medio del trabajo y de todos nuestros quehaceres, mortifiquemos nuestros caprichos y egoísmos en las ocasiones que se presentan cada día. Este esfuerzo nos mantiene alerta para las cosas de Dios y para todo aquello que puede hacer la vida más amable a los demás. Esa lucha interior da al alma una peculiar juventud de espíritu. No cabe mayor juventud que la del que se sabe hijo de Dios y procura actuar en consecuencia.

El Papa a propósito del evangelio de hoy dijo: “En este lunes después de Pascua, el evangelio nos presenta el pasaje de las mujeres que al ir al sepulcro de Jesús, lo encuentran vacío y ven a un ángel que les anuncia que Jesús ha resucitado.

Y mientras ellas corren para dar la noticia a los discípulos, se encuentran con el mismo Jesús que les dice: “Id a anunciar a mis hermanos que vayan a Galilea: Allí me verán”. Galilea es la periferia donde Jesús inició su predicación, y desde allí partirá de nuevo el evangelio de la Resurrección, para que sea anunciado a todos, y cada uno pueda encontrarse con Él, el resucitado, presente y operante en la historia. También hoy Él está con nosotros, aquí en la plaza.

Este es el anuncio que la Iglesia repite desde el primer día: ¡Cristo ha resucitado! Y, en Él, por el bautismo, también nosotros hemos resucitado, hemos pasado de la muerte a la vida, de la esclavitud del pecado a la libertad del amor. Esta es la buena noticia que estamos llamados a llevar a los otros en cualquier lugar, animados por el Espíritu Santo. La fe en la Resurrección de Jesús y la esperanza que Él nos ha llevado son los dones más bellos que el cristiano puede y debe ofrecer a los hermanos.

A todos y cada uno, por tanto, no nos cansemos de repetir: ¡Cristo ha resucitado! Repitamos las palabras, pero sobre todo con el testimonio de nuestra vida. La feliz noticia de la Resurrección debería manifestarse en nuestro rostro, en nuestros sentimientos y actitudes, en la forma en la que tratamos a los otros”.

(Del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal y http://es.catholic.net).