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Economía
domingo 6 de agosto de 2017, 01:00

“La agricultura familiar campesina se degradó por asistencias fallidas”

Una investigación arroja que el modelo de pequeñas fincas no es viable y sus dueños se empobrecen cada vez más, porque la cooperación estatal y de entes internacionales no funcionan. El 41% de fincas producen solo para subsistir.

Darío Lugo

Los ingresos de la agricultura familiar campesina disminuyeron dramáticamente en las últimas dos décadas, según el estudioso austriaco Georg Birbaumer, quien en su libro La degradación de la agricultura familiar en el Paraguay ¿Sobrevivencia o desaparición? sostiene que el modelo de cooperación oficial y de las agencias internacionales no da resultados significativos. Última Hora conversó con este experto, que trabajó para la FAO y la GIZ (Cooperación Alemana de Desarrollo), y asesora en el país a emprendimientos productivos. Una encuesta a lo largo de 23 años con casi 2.000 dueños de fincas de 2 a 20 hectáreas le permite dimensionar el drama campesino, frente a lo cual brinda opciones para mejorar la condición de vida en el ámbito rural.

–¿Qué se consultó en la encuesta y qué resultados tuvo en 23 años de investigación?

–Consultamos cuál era su ingreso agropecuario y cuánto recibía con actividades fuera de la finca. Hicimos la encuesta en 5 ocasiones, empezando en 1990 y culminando en el 2013. Los resultados son plasmados en la primera parte del libro; la segunda hace referencia a mi experiencia a nivel mundial con agricultura familiar campesina. En 1990 el ingreso promedio de una finca de hasta 20 hectáreas era de G. 15 millones anuales; en el 2013 era nada más que G. 5 millones; y esto se dio en general entre quienes recibieron y los que no recibieron asistencia técnica. Hubo sí un aumento del ingreso "extrapredial" (producto de changas fuera de la finca, remesas o programas como Tekoporã), que al principio de la muestra era en promedio de G. 700.000 anual y al 2013 se llegó a casi G. 8 millones.

–¿En qué áreas del país se realizaron las encuestas?

–En Concepción, San Pedro, Caaguazú, Caazapá y Paraguarí, los típicos departamentos donde hay campesinos bajo este modelo, y también pobreza.

–¿Qué conclusión principal tiene esta investigación?

–Que los enfoques de apoyo agropecuario desde el Gobierno y entes como la GIZ, Banco Mundial, BID o JICA son insuficientes para sacar a buena cantidad de pequeños productores de la pobreza. De las 240.000 fincas, unas 100.000 resultan económicamente no viables (41%), o sea, que pueden producir comida para subsistir, pero no excedentes para adquirir otros bienes.

–¿Qué opina respecto de la intención de subsidiar las deudas de los labriegos?

–Para cualquier sistema financiero, la condonación es un desastre, porque interfiere en la voluntad de pagar la deuda que pueda tener uno. Es una condición injusta porque aquel con 31 hectáreas verá que su vecino de 29 hectáreas será auxiliado y tratará de salir adelante, mientras el primero seguirá con su calvario de pasivos acumulados. Gran parte del problema es culpa de las entidades financieras privadas, ya que facilitan recursos a un campesino que no tiene mucha educación en temas de cálculos e intereses. En los últimos años hubo demasiada facilitad de otorgar hasta G. 3 millones a sola firma y nadie ve a dónde va esa plata, no hay control.

–¿Algo similar sucede con la banca pública?

–Ciertamente, porque cuando se le pide al campesino alguna garantía siempre aparece un buey, una vaca o una heladera, entonces el préstamo emana con facilidad, pero entidades como el Crédito Agrícola de Habilitación (CAH) deben acompañar la implementación de ese préstamo; sin embargo, no se aplica el seguimiento y nunca se revisa a dónde va la plata o si fue implementada dentro del plan de crédito. Si se enferma la gente pobre o comienza el ciclo escolar de sus hijos, nunca tiene recursos para enfrentar esas situaciones, y al recurrir al sistema financiero comienza el círculo que no le ayudará en definitiva.

–¿Qué rubros fueron perdiendo su condición hegemónica?

–El algodón, por la disminución de la superficie. No es un rubro para el pequeño productor, porque si quiere ganar aunque sea un mínimo debe cultivar 500 hectáreas; los implementos y maquinaria son caros. Para el maíz blanco, por su parte, se necesitan 100 hectáreas y además viene teniendo un valor muy bajo. La caña de azúcar perdió terreno también, porque en el mundo el modelo que tiene resultados es aquel en el que el ingenio se encuentra en el centro y rodeado de unas 4.000 hectáreas de producción, mientras que en Paraguay no es así, y algunas empresas incluso se vieron últimamente enfrentadas a los agricultores.

–¿Qué estrategias se deben implementar para mejorar la situación del campesinado?

–Hay que modificar leyes y una verdadera reforma tributaria en la que quienes tengan más deben contribuir más, sin pedir privilegios. Colaboré en un proyecto para que se instituya un impuesto progresivo al latifundio; o sea, más tierra tienes, más impuesto debes pagar. Con eso se podría recaudar hasta USD 300 millones anuales. También las Comunas pueden comprar –con la recaudación del impuesto inmobiliario– algunas hectáreas de tierra para evitar la especulación inmobiliaria, así habrá mayor facilidad para comprar terrenos. Es impresionante cómo en los últimos 15 años el valor de un terreno en el Chaco se incrementó en 2.000%, y no hay otra industria que rinda tanto.

–¿Cómo se maneja el formato de agricultura familiar campesina en otras partes del mundo?

–Cada vez hay menos unidades productivas por la presión de la economía de escala; eso es inevitable. En Estados Unidos, el 93% de la agricultura tiene un ingreso extrapredial, la tendencia es así. En Camboya, por ejemplo, hay una fábrica de almidón de mandioca, y alrededor suyo se colocan las fincas que producen la materia prima, sumando entre todas unas 3.000 hectáreas que abastecen al procesamiento. Otra diferencia y que pesa mucho en el Paraguay es que en Europa y otros países hay muchos pueblos cercanos, con distancias de 7 kilómetros en promedio, mientras en Asia es de 4 kilómetros, con pequeñas ciudades. En Paraguay es de 40 kilómetros y eso hace que no haya poblaciones donde puedan generarse mano de obra.