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miércoles 24 de mayo de 2017, 01:00

Joven de Nazaret de Galilea

Este relato evangélico llamado de la Anunciación a María (Lc. 1, 26-38) sobre el que reflexiono en estas líneas, puede ser la historia de todos los creyentes, es tu historia y la mía porque en aquella joven de Nazaret estamos presente. Todos somos María, todos podríamos serlo. En ella, los creyentes nos descubrimos bajo la gracia de Dios: “Alégrate, llena de gracia”. Todos somos María porque en ella nos comprendemos como confianza, como acogida, como plenamente personas.

El relato de la anunciación es la historia de la confianza: La confianza de Dios en una joven mujer y la respuesta confiada de aquella doncella en Dios. Esta narración es también el testimonio de la hospitalidad, de la acogida: Dios quiere hacerse presente en la historia de la humanidad y pide ser acogido por María de Nazaret...

Este relato es el anuncio de un Dios que dialoga, que propone, que confía sus planes a aquella joven y al mismo tiempo escucha sus interrogantes. Aunque la distancia es entre el cielo y la tierra, entre Dios y la humanidad, es posible dialogar. Al interior de aquella experiencia creyente entre “el Altísimo…” y “la servidora del Señor…” se ha gestado la mayor de las revoluciones de nuestra historia: “Dios habita entre nosotros y nosotros habitamos en Dios”. A la luz de este anuncio de la confianza, todos somos María, si podemos comprendernos.

Al celebrar a María, podríamos reflejarnos en su historia. Todos somos María, podríamos serlo, si estamos dispuestos a nacer, dar nacimiento a un mundo nuevo. Si nos dejamos desafiar por Dios, podremos engendrar un nuevo Paraguay fundado en la verdad, en la libertad y en la justicia, y no en los secuestros y el engaño del narcotráfico, de la narcopolítica y de la narcojusticia.