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Mundo
martes 12 de julio de 2016, 08:46

Jinetes de 7 años y violencia en la meta: las peligrosas carreras de Mongolia

Ulán Bator, 12 jul (EFE).- A su lado cualquier caballo parece gigante y aún así Bolor Erdene no siente miedo. Es uno de los pequeños jinetes que protagonizan las peligrosas carreras de Mongolia, donde niños desde los siete años de edad pelean por llegar primero a la meta y esquivar al público que se abalanza sobre ellos.

Bolor empezó a montar a caballo a los cinco años y al principio sí le asustaba. "Luego comencé a ser bastante bueno como jinete y el temor se fue", dice a Efe el pequeño de nueve años, mientras su entrenador le ayuda a montarse en el corcel para su segunda carrera en dos días.

Como él miles de menores participan esta semana en competiciones celebradas a unos 50 kilómetros de la capital de Mongolia, Ulán Bator, en el marco del festival Naadam, una fiesta nacional de tres días que conmemora la declaración de independencia del país con tres disciplinas tradicionales: tiro con arco, lucha mongola y carreras de caballos.

Los niños llevan todo el peso de este último "juego", en el que recorren distancias de hasta 25 kilómetros por la estepa con tan sólo un pequeño casco, rodilleras y coderas como protección, mientras organismos internacionales como UNICEF alarman de los riesgos y piden que se respeten los derechos de los menores.

"Los niños están acostumbrados a montar a caballo. Lo hacen desde muy pequeños, empiezan muy despacio. Está en su sangre montar a caballo", defiende el entrenador de Bolor, que, como el niño, también empezó a cabalgar a los cuatro años.

Desde la organización del evento, tampoco consideran que los pequeños corran peligro. "Requerimos que lleven el casco de protección, coderas y rodilleras. Si falta algo, no les dejamos participar", destaca a Efe uno de los miembros de la asociación nacional de protección del menor en la línea de meta.

A simple vista, el equipo que portan los jinetes que empiezan a registrarse para la primera carrera del día, en la que recorren 24 kilómetros, parece proteger poco y es una minoría la que le suma una especie de armadura que cubre el torso y la espalda.

Un gran dispositivo policial y militar controla la edad de los participantes, mientras el público se aglomera para ver la llegada de los caballos, el animal más querido por este pueblo de tradición nómada.

De hecho, los menores pasan a un segundo plano en estas competiciones pues la verdadera estrella del día son los cuadrúpedos, si bien el amor que los mongoles sienten hacia ellos lleva a la violencia al final de cada carrera.

Adultos y jóvenes se abalanzan sobre los jinetes al cruzar la meta para tocar el lomo de los corceles, movidos por la creencia de que les traerá suerte para todo el año. Es esta escena la que supone uno de los peligros de la competición, pues el niño trata de esquivar a la multitud mientras militares y policía no dudan en sacar sus porras eléctricas para abrir camino.

"No ha ocurrido ningún incidente grave. Sólo se producen cuando al caballo le pasa algo, pero son menores (...) Y lo que ocurre en la meta responde a la superstición de la gente. Es de esperar y no supone peligro alguno", insiste el miembro de la asociación de protección del menor.

No obstante, organizaciones internacionales sí recogen casos de fallecimientos de jinetes durante el Naadam en pasadas ediciones, mientras los datos sobre carreras que se celebran en otras provincias rurales, donde hay menor vigilancia, se desconocen.

Davaanyam, un fotógrafo local, llevó a cabo un proyecto para crear conciencia sobre la situación a la que se somete a los niños en carreras celebradas en estas zonas del país durante la primavera, cuando las temperaturas caen hasta los 20 grados bajo cero.

Este fotógrafo explica a Efe que ha presenciado graves caídas y ha retratado a los jinetes al término de la competición con sus rostros cubiertos completamente en barro y congelados por el frío.

La presión para acabar con estos eventos, que se multiplicaron por el negocio que se esconde detrás de esta tradición, llevó a que los organizadores redujeran el número de carreras y actualmente sólo se celebra una aparte de las oficiales del Naadam, donde el mayor premio de los juegos supera los 7.000 dólares.

Sin miedo a caer, el pequeño Bolor asegura antes de competir que de mayor quiere convertirse en entrenador de caballos y seguir así con su estilo de vida. El único que conoce hasta el momento.

Tamara Gil