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Opinión
sábado 11 de febrero de 2017, 02:00

Investiguen a mi grupo

Alfredo Boccia Paz – galiboc@tigo.com.py
Por Alfredo Boccia

Señor fiscal: Vengo a denunciar a uno de los grupos de WhatsApp que me tienen como miembro. Se trata del denominado Fútbol martes, al que me integré hace dos años. Su objetivo inicial parecía noble e inocente: organizar los partidos semanales de los amigos en la canchita del barrio. Y debo decir que durante algún tiempo cumplió dicho propósito. Fue así como fueron sumándose al grupo mucha gente buena, entre los que nos encontrábamos profesionales, empleados, jubilados, uniformados retirados, profesores universitarios y hasta dos sacerdotes.

A todos nos unía el deseo común de avisar eventuales ausencias, confirmar horarios, coordinar los cobros de alquiler de la cancha y los insumos para el asadito posterior. Lo de siempre en estas circunstancias, como se imaginará usted.

Pero, de a poco, las cosas empezaron a degenerarse, pues hubo quienes le dieron otros usos a esta útil red social. Fue así como comenzaron a aparecer mensajes chabacanos, por no decir francamente pornográficos. Proliferaron las fotos y los videos de contenido erótico y los textos con chascarrillos de mal gusto. Lo que choca, señor fiscal, es la incoherencia. ¿Cómo puede ser que la misma persona que, minutos antes, enviara un video de sexo explícito, postee sin ruborizarse una cadena de oración?

Al comienzo compartían hermosos videos de la Asunción de antaño. Pero, no se aguantaron, y los fueron cambiando por nostálgicas imágenes del dictador Stroessner. Y entonces reaccionaron los zurdos, que nunca faltan, ni en los partidos de fútbol, con fotos de Fidel y el Che. Y la gente como yo, a la que no le gusta ni una cosa ni la otra, se empezó a sentir indefensa, atosigada.

Hace un tiempo, decidí abandonar el grupo. Pero, días después, el administrador me volvió a incluir. De eso me enteré una mañana, muy temprano, cuando me despertó un mensaje con la foto del negro del WhatsApp diciéndome "¡Hola, grupo"! Si en ese momento hubiera sabido lo que hoy conocemos, me habría asustado mucho más.

Le juro, señor fiscal, que ni me imaginaba el potencial homicida de estos grupos. A nosotros se nos complica organizar un partido a través del WhatsApp pero, por lo visto, en manos hábiles, estos medios aparentemente inocuos sirven para armar magnicidios. Las noticias de estos días lo demuestran: un emoticón que uno lee con inocencia puede ocultar un mensaje letal. ¡Vaya candidez la mía!

Esta es la causa de mi angustia. Creo que mi grupo de WhatsApp es un peligro para la República. Quién sabe qué crímenes horribles se estaban preparando mientras yo, incauto, seguía creyendo que solo servía para el fútbol de los martes. Por eso, señor fiscal, me adelanto a la catástrofe y le suplico que investigue a mi grupo. Será justicia.