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Editorial
sábado 5 de agosto de 2017, 02:00

Indígenas están cansados de ser ignorados en sus derechos

El abandono que han sufrido tradicionalmente los indígenas de los 19 pueblos pertenecientes a cinco familias lingüísticas les lleva a la conclusión de la necesidad de conformar un partido político que represente sus intereses en el Congreso y en las diversas instancias de tomas de decisiones. Están cansados de ser ignorados y pisoteados en sus derechos. Esa es la razón por la que desean construir una instancia que les permita contar con representantes en el Congreso, que sean portavoces de sus inquietudes. Esa aspiración legítima es una iniciativa en marcha que merece todo el apoyo de la sociedad civil para que las naciones originarias puedan alcanzar un propósito que les permita lograr mejores niveles de vida.

Según el Censo de 2012, en el Paraguay habitan 120.000 personas pertenecientes a 19 pueblos originarios de cinco familias lingüísticas. Los más numerosos son los mbya guaraní, con 21.000 habitantes, mientras que los más escasos en cantidad son los tomáraho: solo 152.

Muchos de ellos viven en la pobreza y en la indigencia extrema.

El índice de analfabetismo –siempre según el censo mencionado–, entre las mujeres es del 43 por ciento; entre los hombres, del 33 por ciento.

La población en edad de trabajar está conformada por 80.000 personas, de las cuales solo el 52 por ciento se dedican a alguna actividad por la que reciben una remuneración. El estudio no especifica lo que reciben por sus prestaciones, pero bien se sabe que a los indígenas se los explota de manera inmisericorde en establecimientos ganaderos y agrícolas.

Si bien los propietarios originales de las tierras son los nativos, en la práctica muchas comunidades han sido arrojadas de sus posesiones ancestrales por poderosos terratenientes que cuentan con la complicidad del poder político regional e, inclusive, nacional. Los que tienen títulos de propiedad que salvaguardan su derecho territorial son los menos.

Los indicadores de salud, educación y vivienda son los que refuerzan el estado de vulnerabilidad en el que se desenvuelven –en general– los que sobreviven a duras penas en medio de sus necesidades diarias insatisfechas.

En los últimos 30 años –solo por tomar el segmento histórico más reciente de nuestro país– los gobiernos poco o nada han hecho para devolver su dignidad a los que hoy requieren una urgente atención global a través de una política de Estado que contemple su situación y les dé respuestas sostenibles en el tiempo.

Los políticos se han olvidado de las comunidades indígenas a las que, sin embargo, en épocas electorales recurren con promesas de ofrecerles mejores condiciones de vida.

Ese abandono en el que se encuentran es el que los impulsa a recoger las firmas exigidas por la Justicia Electoral para convertir el Movimiento Político Indígena Plurinacional del Paraguay en un partido político.

Parten de la idea de que, por esa vía, podrán contar en el Congreso con parlamentarios propios que luchen por sus intereses, den constante visibilidad a sus reclamos y logren afianzar un espacio de poder que les permita obtener logros para que los derechos de los pueblos originarios sean reconocidos y puedan vivir con dignidad.

La acción indígena es una llamada de atención a la clase política y a la sociedad civil. Urge, pues, escuchar esa voz que desnuda la insensibilidad hacia sus problemas y cambiar de actitud para considerarlos también como miembros efectivos de nuestra sociedad.