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Opinión
martes 21 de febrero de 2017, 02:00

Horacio, el emperador (II)

Samuel Acosta – Twitter @acostasamu
Por Samuel Acosta

Nervioso recorre el emperador los pasillos del Palacio. Se acaba de enterar de que su plan de perpetuarse en el poder se ha visto frustrado por una magistral jugada de sus enemigos. Algo tiene que hacer, él no conoce de negativas cuando da una orden, razón por la que, sin medir consecuencias, se dispone a salirse con la suya.

Su popularidad ante el pueblo cae a pedazos. Aun así, el emperador no deja de escuchar con beneplácito a los miembros de su principal anillo, aduladores de traje que insisten en calificarlo casi como el mesías de la patria.

A uno de estos lisonjeros le surge la idea de juntar firmas como estrategia para demostrar el clamor por la continuidad del reinado de su majestad.

Pero en la premura por congraciarse con el rey, se descubre que sus fieles inventan unas 70.000 rúbricas entre los que se hallaron muertos, duplicados y falsificados. Cuando el fiasco sale a la luz, la mafia termina por dar más oxígeno a sus opositores.

Horacio guarda silencio... pero cuentan que refunfuña rabia y por las noches, su acostumbrado vicio le ayuda a ahogar la impotencia.

Como el plan no funciona, de inmediato pone sobre la mesa la opción de negociar con un viejo enemigo. Así nace la insólita alianza con Fernando; insólita, porque fue justamente Horacio quien años atrás dibujó la estrategia para que aquel pierda el cetro a través de un burdo juicio.

Nerviosos por los magros resultados y el cada vez menor tiempo para introducir una figura jurídica que permita a su majestad perpetuar su mando, los miembros de su corte real empiezan a elevar el tono ante los cada vez más fuertes reproches de un pueblo que no ve en su cotidiano vivir los lujos de los que gozan los cercanos al poder.

El novel investido colorado tilda de "terroristas" a quienes osan cuestionar las medidas económicas de su majestad, mientras el líder del ejército coquetea peligrosamente con la idea de usar la fuerza bélica ante eventuales protestas.

Hay desesperación, nadie lo dice, pero el emperador lo sabe.

Entre tanto, Fernando recorre campiñas con la promesa de retomar el poder. Algunos nostálgicos le siguen, otros más críticos cuestionan su incoherencia y hasta recuerdan que durante su dominio se cometieron exactamente los mismos vicios del actual régimen.

La historia registra con vergüenza el triste espectáculo de varios de sus seguidores, antiguos luchadores por la libertad adheridos ahora a un macabro plan para atentar contra la Constitución.

Para hoy convocaban a una marcha de apoyo, pero desistieron. Como de costumbre –para hacer número– querían utilizar al hombre de campo; justo a ese del sector más desprotegido al que ambos recuerdan solo en tiempos en que el poder está en disputa.

Es que, al fin y al cabo, Horacio el emperador y Fernando –su circunstancial aliado–, aunque aparenten ante el mundo agitar banderas distintas, en realidad, son exactamente la misma cosa.