Dicen que detrás de todo gran hombre siempre hay una gran mujer. Hoy la afirmación puede ser calificada de machista y discriminatoria, además de incorrecta, ya que es posible que quien esté detrás sea otro hombre, o más de una mujer; o que se trate de una gran mu- jer con un gran hombre a la zaga, o más de uno, o una mu- jer, o más de una. Por eso es mejor obviar esa característica del poder y concentrarse mejor en otra que no ha cambiado demasiado y que difícilmente lo hará; y es que detrás y a los costados de todo gran hombre -o de to- da gran mujer- siempre hay un gran chupamedias. O un enjambre de ellos. Lo más probable es que se trate de una nube de adulado- res y cortesanos, profesionales del alpinismo a los que por al- guna razón les atribuimos esa curiosa costumbre de succionar calcetines. No son novedad. Existieron siempre. Algunos alcanzaron tal nivel de eficiencia en su capacidad de influir en el ánimo del poderoso, que termi- naron por convertirse en el po- der real. Un repaso superficial de la historia resulta suficiente, sin embargo, para saber que las consecuencias de su arte han sido mayormente nefastas. Esto es así porque la técnica aplicada por estos profesiona- les de la genuflexión y el cepi- llo se basa en sobar permanen- temente el órgano más sensible y peligroso del ser huma- no: su ego. No es muy difícil. Para hacerlo con relativo éxito solo es necesario exagerar las virtudes del adulado y minimizar sus defectos. El talento del chupamedias radica básicamente en su capacidad de vislumbrar mejor que nadie aquello que el poderoso quiere oír o ver. Es un adivino de los más ocultos deseos y los más íntimos temores del amo de turno. Nadie como el chupamedias sabe dibujarle al encumbrado un mundo fantástico en el que todo responde a lo que él quiere ver, y no precisamen- te a lo que es. Una parodia deliciosa sobre estos especímenes la realizaron años atrás en una película de ficción: Los cabezas de cono, o Coneheads. Era una familia de extrate- rrestres enviada a la Tierra para preparar una invasión. Solo que los coneheads terminaron por mimetizarse con los terrícolas y olvidaron su plan inicial. El padre, interpretado por Dan Aykroyd, era empleado en una oficina bajo las órde- nes del típico jefe autoritario, que tenía como secretario privado al rey de los chupame- dias; un hombre que tenía siempre la frase justa, el comentario oportuno, la risa falsa y hasta la lágrima fácil para contentar a su jefe ante cualquier circunstancia. Exactamente como esos que usted y yo conocemos. Lo cierto es que los cone- heads fueron abducidos, junto con el jefe y su secretario, por una nave del imperio, y llevados a su planeta de origen, donde se les conminó a ejecutar el plan de invasión. En el momento de mayor clímax de la película, cuando la nave capitana se acercaba a la Tierra, apareció el todopoderoso emperador dubitativo, preguntándose si sus fuerzas serían suficientes para conquistar el planeta. Entonces, una voz meliflua le dice a sus espaldas que jamás habrá líder más portentoso, ni genio militar como él. Que lo que haga estará bien. El emperador sonríe complacido y decide actuar. Atrás, vistiendo las ropas del consejero real, estaba el secretario terrícola, inclinando la cerviz. Moraleja: no hay límites para el daño que un buen adulador puede causar. Por eso, considerando los últimos acontecimientos públicos en esta aldea republicana, sería recomendable que algunos de los hombres poderosos del país alquilaran la película. Debería hacerlo el presidente Lugo para evitar nuevas chambonadas como los cambios irrelevantes en las FFAA, que por torpezas imperdona- bles derivaron en un nuevo es- cándalo mediático; o como las permanentes denuncias sobre conspiraciones o el sobrevuelo de aves de rapiña que lanzan sus cortesanos, aterrados porque un cáncer los puede desalojar del poder. Debería hacerlo el vicepresidente Franco, quien, azuza- do por sus asesores, está destrozando su imagen, respondiendo al ninguneo del presi- dente con una inclinación urticante a maximizar cualquier nueva teoría conspiraticia de los medios. Y deberían hacerlo algunos directores de medios que convierten sus obsesiones políticas en causa de debate nacional, imponiendo una agenda pública enfermiza y robán- donos un montón de tiempo, y todo porque no tienen un solo colaborador cerca que les haga pisar tierra. |