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jueves 14 de julio de 2016, 01:00

Hallar soluciones al drama de las cárceles superpobladas

El motín de reclusos con toma de rehenes que se desató ayer en la Penitenciaría Nacional de Tacumbú podría haber acabado en una tragedia, de no ser por una hábil negociación con la intervención de los medios de prensa. Una vez más, la situación límite puso de resalto que las superpobladas cárceles del país constituyen polvorines de conflicto social que pueden estallar con el menor chispazo. Es urgente acelerar las medidas de solución que ayuden a cambiar las condiciones inhumanas en que se encuentran los internos, pero principalmente apuntar a reformas de fondo de la equivocada política penitenciaria.

A principios del mes pasado se desató un incendio en la cárcel de Tacumbú que dejó un triste saldo de 5 reclusos y un guardiacárcel muertos. Ayer, un motín iniciado por reclusos del Pabellón 5 del mismo establecimiento carcelario, tras tomar como rehenes a dos guardias, pudo haber derivado también en una tragedia, si las autoridades no hubiesen accedido a una rápida negociación, involucrando a reporteros de dos canales de televisión, para que los presos accedan a liberar a sus prisioneros y entregarse, bajo la garantía de que no serán víctimas de represalias.

El incidente, que concentró la atención de la opinión pública durante gran parte del día fue apenas otro toque de llamada sobre la dramática situación que se vive en la mayoría de las cárceles del país, totalmente sobrepasadas en su capacidad, al alojar a internos en algunos casos más que el doble de su capacidad.

El motivo del motín ocurrido en la víspera, según explicaron los propios reclusos, fue la forma inhumana en que supuestamente son tratados por parte de los guardias. Pero un cambio de actitud por parte de los mismos no mejorará la situación, ya que la problemática es estructural.

Es difícil pretender condiciones más dignas de reclusión cuando hay 13.071 presos en cárceles que como máximo pueden albergar a 6.643 reclusos. Aunque hay una ley de física que sostiene que dos cuerpos no pueden ocupar un mismo lugar en el espacio, las cárceles paraguayas lo desmienten. Presos amontonados en pequeñas celdas –o durmiendo en pasillos, corredores y a la intemperie– confirman plenamente lo que un director de penitenciaría afirmaba semanas atrás a este diario: Las cárceles del Paraguay son como el infierno en la tierra.

Nuestro país arrastra esta situación desde hace décadas, sin haber mostrado hasta ahora mucho resultado en soluciones de fondo. En setiembre de 2004, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) ya había condenado al Paraguay por una situación de hacinamiento y tratos degradantes en el Correccional Panchito López.

La principal causa es el fracaso del sistema judicial, que mantiene al 80% de los procesados sin condena, pero también el abuso de la prisión preventiva, al menos para los infractores humildes, ya que los criminales influyentes o ligados al poder político casi nunca van presos.

Que el Ministerio de Justicia haya declarado "emergencia penitenciaria" o cerrado el acceso a algunas cárceles no resuelve mucho. Hay que apuntar a reformas de fondo de la equivocada política penitenciaria.