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lunes 29 de agosto de 2016, 01:00

“Hago lo que me da la gana”

Si con estas palabras en tan castizo castellano estoy expresando un grito de auténtica libertad sin sometimiento a nada, me parece que es algo muy valioso. La libertad es una de los mayores atributos del ser humano. Y su expresión y su realización no solamente nos honra sino que hace mejorar al mundo entero.

Sin embargo, muchas veces, cuando se expresa aquello de que “hago lo que me da la gana”, un grito tan grande, estoy expresando solamente y con una gran ingenuidad, que me estoy dejando llevar por “algo” o “alguien” que me domina.

La dominación puede venir del sexo, éxito, poder, prestigio, moda, tranquilidad, felicidad a toda costa, etc. etc. “Ídolos” de los que creo soy independiente, pero que en realidad son mis “dueños y dominadores”.

Y creerme libre y que libremente estoy expresando mi libertad, en estas condiciones es una gran ingenuidad, que desgraciadamente está muy extendida.

¿Explicación de todo esto? La he encontrado en el teólogo J. A. Pagola: “Hay una experiencia que se sigue imponiendo de generación en generación. Incapaces de bastarnos a nosotros mismos nos pasamos la vida buscando algo que responsabiliza a nuestros deseos y aspiraciones más profundas.

Cada uno buscamos un ‘dios’ para vivir, algo que inconscientemente en lo esencial de nuestra vida; algo que nos domina y adueña de nosotros. Buscamos ser libres y autónomos pero, al parecer, no podemos vivir sin entregarnos a algún ‘ídolo’, que determina nuestra vida entera”.

La pregunta esencial viene ahora: en esta búsqueda, ¿cómo nos libramos de estos “ídolos” y nos enderezamos al verdadero Dios?

En la fe cristiana hemos encontrado la respuesta: atrevernos a seguirle a Jesús sin ponerle condiciones, colaborando con Él en el proyecto del Padre construyendo un mundo justo y digno para todos.

Y no se trata de obligar ni convencer a nadie, sino que de animarlo a vivir esta experiencia religiosa en libertad.