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domingo 12 de febrero de 2017, 01:00

Firmes en la fe

Hoy meditamos el Evangelio según San Mateo 5, 17-37. Nos dice el Señor en el Evangelio de la Misa, que él no viene a destruir la Antigua Ley, sino a darle su plenitud; restaura, perfecciona y eleva a un orden más alto los preceptos del Antiguo Testamento. La doctrina de Jesús tiene un valor perenne para los hombres de todos los tiempos y es “fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta”.

La guarda fiel de las verdades de la fe es requisito para la salvación de los hombres.

Todo el mundo considera razonable, por ejemplo, en una cátedra de física o de biología, que se recomienden determinados textos, se desaconseje el estudio de otros y se declare inútil y aún perjudicial la lectura de una publicación concreta para quien de verdad está interesado en adquirir una seria formación científica. En cambio, no faltan quienes se asombran de que la Iglesia reafirme su doctrina sobre la necesidad de evitar lecturas que sean dañinas para la fe o la moral. La raíz de ese asombro infundado podría encontrarse en una cierta deformación del sentido de la verdad, que admitiría un magisterio solo en el campo científico, mientras que considera que en el ámbito de las verdades religiosas solo cabe dar opiniones más o menos fundadas.

El papa Francisco a propósito del Evangelio de hoy dijo: “Integración: Jesús revoluciona y sacude fuertemente aquella mentalidad cerrada por el miedo y recluida en los prejuicios. Él, sin embargo, no deroga la Ley de Moisés, sino que la lleva a plenitud, declarando, por ejemplo, la ineficacia contraproducente de la ley del talión; declarando que Dios no se complace en la observancia del sábado que desprecia al hombre y lo condena; o cuando ante la mujer pecadora, no la condena, sino que la salva de la intransigencia de aquellos que estaban ya preparados para lapidarla.

Jesús revoluciona también las conciencias en el Discurso de la montaña abriendo nuevos horizontes para la humanidad y revelando plenamente la lógica de Dios. La lógica del amor que no se basa en el miedo, sino en la libertad, en la caridad, en el sano celo y en el deseo salvífico de Dios, Nuestro Salvador, ‘que quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad’”.

Siguiendo las Audiencias Generales de cada miércoles del papa Francisco, extractamos parte de su alocución del pasado miércoles: “El miércoles pasado vimos que san Pablo en la primera Carta a los Tesalonicenses exhorta a permanecer radicados en la esperanza de la resurrección (cf. 5, 4-11), con esa bonita palabra ‘estaremos siempre con el Señor’ (4, 17). En el mismo contexto, el apóstol muestra que la esperanza cristiana no tiene solo una respiración personal, sino comunitaria, eclesial. Todos nosotros esperamos; todos nosotros tenemos esperanza, incluso comunitariamente.

Por esto, la mirada se extiende enseguida desde Pablo a todas las realidades que componen la comunidad cristiana, pidiéndolas que recen las unas por las otras y que se apoyen mutuamente. Ayudarnos mutuamente.

Queridos amigos, si —como hemos dicho— el hogar natural de la esperanza es un ‘cuerpo’ solidario, en el caso de la esperanza cristiana este cuerpo es la Iglesia, mientras el soplo vital, el alma de esta esperanza es el Espíritu Santo. Sin el Espíritu Santo no se puede tener esperanza. He aquí entonces por qué el apóstol Pablo nos invita al final a invocarle. Si no es fácil creer, mucho menos lo es esperar. Es más difícil esperar que creer, es más difícil. Pero cuando el Espíritu Santo vive en nuestros corazones, es Él quien nos hace entender que no debemos temer, que el Señor está cerca y cuida de nosotros”.

(Del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal, http://es.catholic.net)