06 de octubre 2017 - 01:00
Falta política para enfrentar efectos del cambio climático
Los graves y cuantiosos daños ocasionados por la última tormenta en varias regiones del país, incluyendo pérdidas de vidas humanas, obliga a pensar desde el Estado y la sociedad en acciones más permanentes para enfrentar los efectos del cambio climático. Es hora de desechar los precarios tinglados y pensar en tipos de construcciones más sólidas, ya que todo indica que este tipo de catástrofes serán cada vez más frecuentes. También es importante entrenar a la población civil acerca de cómo actuar en estos casos, como se estila en las regiones de tornados. Pero sobre todo hay que detener la irracional deforestación e implementar medidas para recuperar el equilibrio de la naturaleza.

Unas 3.500 familias y cerca de 152 escuelas resultaron afectadas por la fuerte tormenta del domingo pasado, afectando a varias localidades del país, principalmente Cordillera, Caaguazú, Alto Paraná y Amambay, declaradas en estado de emergencia por la Cámara de Diputados.

Las imágenes de viviendas literalmente arrasadas en localidades como Itacurubí de la Cordillera y San José de los Arroyos han causado mucha conmoción, pero son escenas cada vez más frecuentes y que, según la opinión de los expertos, se seguirán repitiendo mucho más.

Hay que hacerse de la idea de que el Paraguay dejó de ser una región que generalmente estaba a salvo de catástrofes naturales, como tornados y tormentas. Hasta hace poco, los fuertes ciclones –como el que azotó a la ciudad de Encarnación en 1926– eran considerados hechos extraordinarios. Los efectos del cambio climático, provocados por la alteración del medioambiente –y principalmente por la intensa deforestación que ha padecido y sigue padeciendo nuestro país–, resultan cada vez más devastadores, pero hasta ahora no existe una política gubernamental o estatal que haga frente a estos cambios.

Hay que cambiar el chip mental y hacerse de la idea de que gran parte del Paraguay ya se ha convertido en zona de tornados o fuertes tormentas, con fenómenos que hasta hace poco creíamos que solo ocurrían en áreas del Caribe o en algunas regiones de los Estados Unidos. Las fuertes tormentas han llegado y se repiten cada vez con más frecuencia, con efectos devastadores, pero aquí seguimos creyendo que son eventuales y que no hay que prever medidas especiales.

Es tiempo de pensar en construcciones especiales para este tipo de fenómenos climáticos. Hasta ahora, en todas las zonas de veraneo, sigue siendo lo más usual y económico levantar precarios tinglados, que son los que más rápidamente son arrancados y destruidos por los fuertes vientos, con grave riesgo para vidas humanas, como se ha demostrado en el reciente caso de Itacurubí de la Cordillera. Es hora de que ingenieros y arquitectos diseñen nuevas estructuras, que puedan sustituir a los tinglados y serán realmente "a prueba de tormentas". El Estado debe involucrarse con los planes de apoyo a la población.

También es importante entrenar a la población civil acerca de cómo actuar en estos casos, como se estila en las regiones de tornados. En Itacurubí se pudo ver una gran desorientación durante la última tormenta, porque la gente no sabe qué hacer en casos así. Hace falta crear sistemas de alarma efectivos y planes de evacuación, en los que los cuerpos de bomberos y las Fuerzas Armadas podrían colaborar.

Pero sobre todo hay que detener la irracional deforestación e implementar medidas para recuperar el equilibrio de la naturaleza.