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Opinión
domingo 17 de julio de 2016, 01:00

Europa, epicentro de un conflicto mundial

Por Alberto Acosta Garbarino Presidente de Dende

Desde hace más de quinientos años Europa viene siendo el epicentro de grandes acontecimientos mundiales. Es que de su vientre nacieron los grandes Imperios que dominaron al mundo –el español primero y el Imperio británico después– y que imponían su voluntad a sus colonias esparcidas por todo el mundo.

En el siglo XX las dos grandes guerras mundiales se iniciaron en la vieja Europa, justamente por disputas entre los Imperios dominantes de Inglaterra y Francia y el Imperio desafiante de Alemania. Justamente para evitar que vuelvan a repetirse guerras como las del siglo pasado, se dio inicio al más ambicioso proceso de integración de la historia de la humanidad: la Unión Europea.

Cuando en 1989 se produjo la caída del muro de Berlín y el posterior desplome de la Unión Soviética, parecía que Europa y el mundo iban a vivir un periodo extraordinario de unión, de paz y de prosperidad. Rápidamente la realidad nos hizo despertar de ese sueño con el terrible conflicto en Yugoslavia, donde tres sectores bien diferentes, los serbios que son cristianos ortodoxos, los croatas que son católicos y los bosnios que son musulmanes, se enfrentaron en una sangrienta guerra civil, que terminó con la división de Yugoslavia.

El problema de Yugoslavia hizo que nos demos cuenta de que por debajo del conflicto político entre el comunismo y el capitalismo, se escondía uno aún mayor, el de las religiones y los nacionalismos radicalizados. Estos dos conflictos –nacionalismos y religiones– se han ido agravando en la medida que avanzaba el proceso de integración europea y que los flujos migratorios desde el África y el Asia musulmana se hacían cada vez mayores.

Al impacto de la gran migración musulmana debe agregarse que Europa tiene un enorme desequilibrio demográfico, con una tasa de natalidad por debajo del 2,1 que es el mínimo necesario para mantener la población actual, mientras que la población musulmana tiene una tasa de natalidad cuatro veces mayor. En Francia la tasa de natalidad de los franceses es de 1,8 mientras que la de los musulmanes que viven en dicho país es de 8,1. Una situación similar se repite en casi todos los países europeos, lo cual hace proyectar que en 20 o 30 años, la mayoría de la población europea será musulmana.

A través de los siglos hubo intentos musulmanes de conquistar Europa por la fuerza, pero parece que esta vez, pacíficamente, esa meta va a hacerse realidad. Ya hace muchos años, el líder libio Muammar Al-Gaddafi predecía: "sin espadas, sin pistolas y sin conquista, Europa será musulmana y lo será gracias al vientre de nuestras mujeres". Si a este grave problema de origen racial y de fundamentalismo religioso le sumamos el creciente nacionalismo independentista, como el de Cataluña en España, o el de Escocia en el Reino Unido, y le agregamos el prolongado estancamiento económico y de alta deuda de la Eurozona, tenemos un cóctel explosivo que puede hacer añicos al proceso de integración europea.

Esta realidad de nacionalismo extremista e intolerante si bien tiene su epicentro en la vieja Europa, es también una realidad en las grandes potencias nucleares de este siglo XXI. Si no, veamos al nacionalismo norteamericano encarnado por Trump o al nacionalismo ruso encarnado por Putin o al nacionalismo chino encarnado por Xi Jinping.

Así como en el siglo XX el conflicto mundial fue entre el capitalismo y el comunismo, en el siglo XXI el conflicto mundial será entre el internacionalismo y el nacionalismo y tendrá como telón de fondo "la guerra de civilizaciones", como decía Samuel Huntington. Pero como antes en la historia universal, Europa es otra vez el epicentro de este nuevo conflicto.