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Opinión
domingo 7 de agosto de 2016, 01:00

Esos malditos pokemones

Por Luis Bareiro
Por Luis Bareiro

En los ochenta un ruso inventó un rompecabezas que se armaba con piezas de cuatro segmentos y que se jugaba en consolas de videojuegos o en computadoras personales, artilugios que entonces solo existían en el primer mundo y en los hogares opulentos del tercero. Le llamó Tetris.

A fines de la década, la empresa Game Boy lanzó la versión portátil del juego, poniéndolo al alcance de todo el mundo. Incluso, un joven de clase media baja de un país periférico –como yo– pudo tener uno.

Superadas las barreras sociales, jugar Tetris pasó a ser casi un signo distintivo de mi generación. Para las anteriores, sin embargo, era poco menos que un escándalo. Mi padre, sin ir muy lejos, se indignaba cuando me encontraba sentado en la sala con el aparato en la mano gastando tiempo encajando piezas en ese rompecabezas infinito con el único fin de pasar al siguiente nivel. A los gritos predijo mi derrumbe moral y físico. A sus pragmáticos ojos de trabajador, el futuro de su vástago se estaba destruyendo; terminaría siendo un alcohólico, un drogadicto, o peor, un ateo.

En lo único que tuvo razón fue en lo último. Por lo demás, el Tetris dio paso al Pacman y este a no sé que otra bobada electrónica, hasta que en algún momento los videojuegos dejaron de interesarme, sobre todo, porque ya había tenido la oportunidad de incursionar en otras áreas de la vida infinitamente más emocionantes.

Por estos días en los que hemos sido invadidos por unos bichos virtuales a los que una turba enardecida de internautas intenta cazar con sus teléfonos móviles he vuelto a escuchar tantas voces apocalípticas como las de mi padre, pero esta vez en boca de aquellos que jugaban al Tetris conmigo.

Adolescentes granujientos –que andan por ahí tras los pasos virtuales de unos monstruos que atacan con furiosos rayos, pero que irónicamente son vencidos por unas bolas de gua'u– son quienes cargan ahora con las diatribas paternas.

¿Cómo es posible que pierdan tiempo en una tarea tan inane como capturar algo que no existe y solo para mandarse la parte ante otra horda de vagos que hacen lo mismo?

Cuando mi padre demonizó al Tetris le recordé que él coleccionaba bolitas de vidrio y figuritas de jugadores de fútbol que envolvían unos caramelos espantosos a los que llamaban "curturales". Como respuesta, una zapatilla se estrelló en mi cabeza.

Quiero creer que algo aprendí en ese largo proceso de convertirme de hijo en padre. ¿Alguien duda de que estos bichos virtuales desaparecerán en unas semanas y serán reemplazados por alguna otra moda pasajera que capture el interés de las masas hijísticas por algún tiempo?

Si usted es de los que se están plagueando –incluso porque hasta este columnista se pone a hablar de los malditos pokemones, como si no hubiera tema–, relájese y recuerde un poco su infancia. Esto pasará.

Yo por de pronto rescaté mi viejo Tetris que todavía funciona. Lo tenía en una bolsa con las bolitas de vidrio que me heredó papá.