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Opinión
viernes 26 de mayo de 2017, 02:00

En la carretera informativa

Carolina Cuenca
Por Carolina Cuenca

Muchas ideas contradictorias circulan en el mundo. Mientras tanto, las reglas de juego para hacerlas comprensibles y comunicables se diluyen entre la letra y el espíritu de sus promotores, usuarios y contrarios. Después de todo que las ideas circulen es un avance, lo que no es bueno es que las reglas se relativicen al extremo de hacerse inaplicables.

Y como en la carretera informativa y desinformativa de estos tiempos el lenguaje sí importa, sería bueno aclarar a los transeúntes incautos que existe una verdadera revolución cultural en marcha a nivel global, cuyas estrategias de inoculación son casi imperceptibles para una gran masa de personas.

Como ejemplo patente tenemos la forma de tratar la información en los grandes medios de comunicación y en las redes sociales. Cuando alguna noticia no cuadra, los usuarios más desconfiados revisamos las redes y viceversa. Así contrastamos relatos, opiniones, hechos...

Hoy tenemos esa opción. Y no son pocas las contradicciones. Pero lo que no tenemos a mano o por lo menos escasean, son reglas claras de interpretación, porque el lenguaje está manipulado (odio, tolerancia, integralidad, inclusión, género...) porque la familia, la escuela y la Iglesia (leyó bien, no mencioné al Estado ni a sus consultores), las instituciones educativas formadoras de criterio por excelencia, están en crisis, al menos delante de la opinión pública. Muchos medios internacionales son tendenciosos y parcialistas, incluso tienen agenda política propia y en las redes tenemos el problema de la falta de contacto directo para verificar mínimamente la validez de ciertas fuentes.

Para quienes tengan la natural, pero escasa pretensión de buscar la verdad se hace urgente reconocer, descubrir, develar luces en el atardecido viaje. A veces, comprender el fondo de ciertos acontecimientos sin caer en los clichés interpretativos, resulta como transitar a más de 100 km/h por ruta 2 en ciertas zonas oscuras y no señalizadas de su itinerario. Es un acto temerario, hasta angustiante para los más sensibles.

¿No sería mejor sencillamente dejarse anestesiar por el monótono y grisáceo paisaje de la ventanilla, tal como hacen tantos y dejarse llevar por los conductores ideológicos de turno? Después de todo, sabemos que el camino en algún momento de todos modos llegará a su fin.

Pero la conciencia es una voz persistente, es inútil pretender acallarla durante todo el trayecto de la vida. Tarde o temprano despertará, ya sea con un accidente rutero, una señal inesperada en el horizonte o la compañía interpelante de otros viajeros más despiertos.

Quizás el terrorismo y la amenaza de la guerra, el hastío hacia lo políticamente correcto que pone en el poder a gente como Trump, sean algunos despertadores inquietantes de la aldea global que nos liberen del gran sueño, del reality, y nos ayuden a buscar de nuevo la verdad de las cosas, el mapa de ruta original...