9 de diciembre
Viernes
Lluvioso
21°
25°
Sábado
Poco nublado con tormentas
21°
27°
Domingo
Parcialmente nublado
20°
31°
Lunes
Mayormente nublado
22°
32°
Avatar
Avatar
Bienvenido,
Cerrar Cerrar
Cerrar
Login/Registración
Búsqueda
Cerrar
País
jueves 14 de julio de 2016, 01:00

El yugo del Señor es llevadero

Hoy reflexionamos el Evangelio de San Mateo 11, 28-30. Venid a Mí todos los fatigados y agobiados –nos dice Jesús en el Evangelio de la Misa–, y Yo os aliviaré.

Es difícil, quizá imposible, encontrar a una persona que no tenga dolor, enfermedad, preocupaciones de un sentido o de otro. Al cristiano no le debe ocurrir lo que comenta San Gregorio Magno: hay algunos que quieren ser humildes, pero sin ser despreciados; quieren contentarse con lo que tienen, pero sin padecer necesidad; ser castos, pero sin mortificar su cuerpo; ser pacientes, pero sin que nadie los ultraje.

Cuando tratan de adquirir virtudes, y a la vez rehúyen los sacrificios que las virtudes llevan consigo, se parecen a quienes, huyendo del campo de batalla, quisieran ganar la guerra viviendo cómodamente en la ciudad.

El Señor no permitirá que nos llegue un dolor, ningún apuro, que no podamos sobrellevar acudiendo a Él en demanda de ayuda. Si alguna vez tropezamos con una contrariedad más grande, también el Señor nos dará una gracia mayor: Si Dios te da la carga, Dios te dará la fuerza.

El papa Francisco, al respecto del Evangelio de hoy, dijo: “El yugo de Jesús es yugo de amor y, por tanto, garantía de descanso. A veces nos pesa la soledad de nuestras fatigas, y estamos tan cargados del yugo que ya no nos acordamos de haberlo recibido del Señor”.

“Nos parece solamente nuestro y, por tanto, nos arrastramos como bueyes cansados en el campo árido, abrumados por la sensación de haber trabajado en vano, olvidando la plenitud del descanso vinculado indisolublemente a Aquel que hizo la promesa”.

“Aprender de Jesús; mejor aún, aprender a ser como Jesús, manso y humilde; entrar en su mansedumbre y su humildad mediante la contemplación de su obrar. Poner nuestras iglesias y nuestros pueblos, a menudo aplastados por la dura pretensión del rendimiento bajo el suave yugo del Señor”.

“Recordar que la identidad de la Iglesia de Jesús no está garantizada por el fuego del cielo que consume, sino por el secreto calor del Espíritu que sana lo que sangra, dobla lo que es rígido, endereza lo que está torcido”.

(Del libro Hablar con Dios de Francisco Fernández Carvajal y http://es.catholic.net)