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martes 8 de septiembre de 2009, 08:21

EL PUEBLO Y LA DEMOCRACIA

Reflexiones desde la ADEC

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Miremos ahora a la dimensión popular de la democracia, ahondando aún más lo que habíamos mencionado la semana pasada. La democracia es una idea sobre un régimen político cuya legitimidad se madura y conquista a través de la participación del pueblo, aunque, advertimos, la participación no es exclusiva de la misma. No obstante, el elemento popular, el pueblo, es fundamental a la democracia, es lo que la mueve; sintetiza en una palabra el elemento vital de la misma. Así como no puede haber régimen democrático sin participación, tampoco puede un régimen ufanarse de tal si no cuenta con un grupo numeroso de ciudadanos dándole vida y sentido. Es la materia de la que está compuesto; la "reserva carnal de la nueva civilización", como le gustaba decir a Maritain.

Es relevante, por eso, recordar la definición clásica de Lincoln sobre la democracia, en plena guerra civil, como "gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo". El breve discurso del presidente norteamericano en Gettysburg, en 1863, no hacía otra cosa sino recordar, reafirmando el sujeto inequívoco de la democracia: el pueblo. Democracia no era entonces, no es y no ha sido equivalente al gobierno de algunos, ni menos un sistema generado por un individuo por herencia o derecho divino. Lo democrático pasa, necesariamente, por lo popular. Es el pueblo el soberano. Pueblo es el sujeto del que hablaría Rousseau, exageradamente, como depositario de una voluntad general, mítica, grandiosa, cuasi totalitaria. Pero también, en observación más restringida de la democracia americana del francés Alexis de Tocqueville a principios del siglo diecinueve, el pueblo es como "rey" sobre el mundo político, así como Dios reina sobre el universo.

Así, pueblo, en su dimensión cuantitativa del cuerpo político, que incluirá a una miríada de realidades sociales; el pueblo de la democracia variará y así lo encarnarán los hombres libres de la antigua Atenas como los burgueses del Iluminismo, como también los proletarios de Marx o, como en nuestros días, los ciudadanos de democracias orgánicas o inorgánicas o bolivarianas. Es que el problema de lo democrático reside no sólo en lo popular, sino cómo éste se expresa dentro del sistema político. ¿Por qué decimos esto? Por experiencia histórica; el pueblo como realidad cuantitativa, mera masa, como dicen los modernos o plebe, como decían los antiguos, puede degenerarse, es decir, transformarse en algo que no debe ser. Hitler fue elegido por la mayoría del pueblo que lo votó en 1933, como también Stroessner proclamaba por décadas que la verdad de la democracia es el pueblo, que lo reelegía por su propio deseo y voluntad.

Fundamental, pero falible; esa es la realidad de lo popular en la democracia. Y, por lo mismo, ese querer popular necesita límites, ajustes o reajustes, pues la misma se puede tornar total, deviniendo uno de sus peores enemigos, cuando el pueblo, cuantitativamente hablando, legitima la perpetuidad o, por lo menos, largos periodos de una persona en el poder, con lo cual desvirtúa lo que es una democracia: gobierno de algún iluminado y no del pueblo. ¿Significa, entonces, que se imponga un límite al querer de la mayoría? La respuesta es afirmativa; lo popular de la democracia no otorga el derecho de la mayoría de hacer lo que quiera una vez en el poder; mayoría no implica perpetuidad. Ni mucho menos arbitrariedad o, como muy a menudo ocurre, la legalización de formas totalitarias vía modificación constitucional.

De ahí que el pueblo, en una democracia, requiere autogobernarse, ponerse los límites a sí mismo, a sus intereses y ambiciones desmesuradas; esto es, requiere ser atemperado por la república. Populismo no es sinónimo de pueblo. Y esto implica dos cosas: por un lado, el límite impuesto por la calidad moral propia de dicho pueblo; y, por otro, los límites impuestos por el mismo derecho que conferirá una justa representación y participación a ese pueblo. La razón suplantará así al grito, al sentimentalismo, y sólo así la democracia subirá en calidad; y no será mero democratismo vacío, monarquía fingida, remedo de su auténtico sentido republicano, de gobierno de todos.

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