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Opinión
domingo 19 de marzo de 2017, 01:00

El perjuicio del prejuicio

Arnaldo Alegre
Por Arnaldo Alegre

El peor juicio es el prejuicio. Pensar lo que uno vive a base de etiquetas impenetrables a cualquier intento de la razón es una muestra de insensatez, y solo sirve para consolidar la discriminación, el retraso y la eternización de la mediocridad.

Reducir a su mínima expresión los conceptos y los hechos es una involución, una comodidad intelectual asfixiante que nubla el entendimiento.

No todos los coreanos comen carne de perro, no todos los funcionarios públicos son corruptos, no todos los fenómenos celestes anticipan el juicio final, no todos los porteños son chantas, no todos los brasiguayos son monstruos que devoran la frontera que nunca nos tomamos la molestia de cuidar, no todos los sacerdotes hacen honor a su misión, no todos los pastores viven solo para el diezmo, no todos los políticos son ladrones (en Suiza son sumamente honestos, hasta que se demuestre lo contrario), no todos los indígenas son sabios y aman la naturaleza, no todos los humanos son irreductiblemente buenos o nefastamente malos.

El mundo está lleno de grises, de tonalidades, de detalles que muchos no atinan a percibir por ceguera cultural y moral. Aunque la mayoría solo lo hace por idiota.

No se trata de relativismo ni de que todos somos iguales, como si se tratase de un ridículo fascismo de lo políticamente correcto. Somos diferentes, pero somos iguales en cuanto al derecho que tenemos desde nuestro propio nacimiento. Seamos ladrones, virtuosos, profesores o idiotas. Todos somos seres vivientes dotados de moral y de protecciones específicas, algunas de las cuales se pueden perder por circunstancias precisas sobre las cuales la propia sociedad se pone previamente de acuerdo o son impuestas por entidades determinadas.

Claro que tampoco la tolerancia puede prostituirse en permisividad. Deben establecerse normas de convivencia, principios rectores que hagan la vida sensatamente tolerable y productivamente llevadera.

Pero dichas normas no deben ser de ninguna manera inamovibles, eternas y carentes de sentido común. O de otra forma jamás hubiéramos salido de las cavernas, por más que les moleste a algunos fanáticos de dogmas dudosos.

Las sociedades evolucionan. No son inmutables. Es allí en que las estructuras sociales deben propiciar el diálogo, el cambio y la adaptación que, como se sabe, es indispensable para la supervivencia de todo organismo.

Los otros no son el problema. Lo son la ignorancia y la estupidez del desprecio gratuito. Feliz domingo.