05 de noviembre 2013 - 11:34
El peligroso silencio de Cartes
El rol más importante de un presidente no figura en la Constitución, puede que porque se considere redundante. Sin embargo, vale la pena recordarlo aunque se trate de una obviedad; diría incluso que es hasta necesario repetirlo cada tanto debido a esos accidentes de nuestra política que permiten que personas sin ninguna experiencia previa en la administración del poder público terminen como inquilinos en Palacio de López.
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El rol más importante de un presidente,  sobre todo en regímenes presidencialistas como el nuestro, es el de ejercer  liderazgo político. Y vale repetir que  el liderazgo político no emana inexorable y naturalmente de un cargo. El liderazgo se construye y se ejerce.

Un líder es aquel capaz de tomar la iniciativa, de gestionar, de convocar, de promover, de entusiasmar a un equipo de personas, a una colectividad o a todo un pueblo, en pos de un proyecto, de un plan e incluso hasta de una utopía.

Básicamente, el líder es un seductor. Es ese hombre o mujer capaz de generar entusiasmos en los demás; capaz de convertir una idea en un ideal, en una bandera, en el motor motivacional de un país.

Y en política, la herramienta más importante para construir ese tipo de liderazgos es la palabra.

Por eso nunca debería ser poca cosa cuando un presidente habla. Los discursos que hicieron historia no lo hicieron por su prosa, ni por su elegancia, ni por su manejo más o menos talentoso del idioma (aunque todos estos son importantes a la hora de impactar en el destinatario del mensaje), lo hicieron porque motivaron un cambio, porque convencieron a multitudes, porque provocaron acciones o desataron pasiones.

Como cuando en agosto de 1963 Martin Luther King le dijo a millones de estadounidenses  convulsionados por el racismo que tenía un sueño, el de un país donde blancos y negros convivieran armónicamente, dando vida al mayor movimiento por los derechos civiles del que tengamos memoria.

O como cuando Winston Churchill, en mayo de 1940, asumió como primer ministro en el peor momento de la guerra contra Alemania (un mes después capitulaba Francia) y dirigiéndose a sus colegas parlamentarios y a todo el pueblo británico les dijo "No tengo nada que ofrecerles, salvo sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor".

La frase, inmortalizada luego como "sangre, sudor y lágrimas" galvanizó el patriotismo de una nación que debió enfrentar en los años siguientes la peor tragedia de su historia.

Los ejemplos abundan, tanto para las grandes acciones como para las más pequeñas. Un presidente moviliza voluntades, conmueve, entusiasma, logra consensos, y lo hace primeramente con la palabra.

Cartes tiene que hablar con sus mandantes. Tiene que convencerles, tiene que contagiarles su visión del país que pretende. Hasta ahora sus éxitos los consiguió solo convenciendo a su partido. Es importante, pero absolutamente insuficiente.

Aunque solo sean comunicados, aunque los lea en un teleprompter, aunque castigue un poco el idioma, pero hable presidente. Recuerde que al último mudo sacerdotal le fue muy mal.