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sábado 21 de marzo de 2009, 13:24

EL PAPA HA DICHO LA MALA PALABRA

Antes del séptimo día

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Benedicto XVI pronunció por primera vez en público la palabra preservativo y no pudo elegir un lugar más inapropiado para hacerlo. Al llegar a África, sostuvo que "el sida es una tragedia que no se puede superar con la distribución de preservativos, los que, al contrario, agravan el problema". Esta afirmación causó estupor en la comunidad científica porque, además de infundada, se difunde en un continente donde habita el 67% de los 33 millones de personas que conviven con el virus y el 90% de los niños portadores de todo el mundo.

Como si no fueran suficientes la reciente polémica sobre la "soledad" del Papa, el malestar de los obispos por el perdón a un prelado que niega el Holocausto y la excomunión de una brasileña por haber autorizado el aborto de su hija violada, sus dichos provocaron un aluvión de críticas mundiales. A las organizaciones de lucha contra el sida esa visión doctrinaria destruye toda base razonable para el combate a la epidemia e impone un dogma religioso que termina afectando la vida de miles de personas. El diario The New York Times dijo en un editorial que el Papa estaba "penosamente equivocado" y que al hacer esta arriesgada afirmación no ha tenido en cuenta la opinión de expertos y científicos.

Estas posiciones deben ser matizadas con los datos de que solo el 15% del África es católica y que es cierto que los condones por sí solos no constituyen una solución. Pero la Iglesia propone la abstinencia sexual como el mejor remedio, recomendación que no debe convencer ni al propio Papa como suficiente para frenar a la enfermedad. Lo que científicamente ya no está en discusión es que el preservativo es parte clave de toda estrategia contra el sida. Las investigaciones de los últimos 25 años han demostrado que los condones son eficaces en el 90% de los casos para impedir la transmisión del VIH durante las relaciones sexuales y que protegen las vidas de los sectores más vulnerables.

La mayoría de las críticas no abren juicio sobre la doctrina de la Iglesia, sino que apuntan al daño que tales comentarios producen en las políticas de salud pública. El Vaticano tiene una conocida tradición en eso de boicotear programas contra el sida. Lo hace intentando evitar que los servicios médicos distribuyan preservativos o sembrando dudas sobre su eficacia en reducir las tasas de infección. Desde el Consejo Pontificio para la Familia se llegó a afirmar que los condones dejaban pasar los espermatozoides y el VIH, lo que motivó un rotundo desmentido de la Organización Mundial de la Salud. Sostener que el preservativo no protege contra el sida es no decir la verdad. Cuando un mensaje de ese tipo proviene nada menos que del Papa, sus efectos dañinos se multiplican.

Hasta ahora, el preservativo no ha logrado llevarse bien con la Iglesia, ni siquiera cuando es utilizado con fines inobjetables, como el de lograr que una pareja infértil tenga hijos. Para hacer un espermograma, el modo habitual de recoger la muestra a ser analizada es a través del preservativo. Los católicos practicantes chocan con una dificultad: la Iglesia considera pecado la masturbación y no admite métodos anticonceptivos "no naturales" en el matrimonio. La salida propuesta por los guardianes de la moral es ingeniosa: tener sexo con la esposa utilizando un condón perforado. De ese modo, deja de ser una barrera contraceptiva y siempre quedarán adentro del condón suficientes espermatozoides como para ser estudiados. Digo yo, si el Vaticano le encontró la vuelta dogmática a una cuestión tan banal, ¿no habría forma de que el Papa, sin perder la ortodoxia, sea más prudente en sus declaraciones?

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