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lunes 11 de febrero de 2013, 00:00

EL PADRE QUE NO DEJABA DE MIRAR A SU HIJO

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Un compañero jesuita estuvo cuidando de su padre moribundo durante varios meses. Contaba que al anochecer para que se durmiera leía durante horas una novela, como el padre le leía a él de chico cuentos.

"Hagamos este trato y tú te quedas dormido". El padre sonreía y comenzaba la lectura. Cerraba los ojos, pero esto no le duraba mucho.

Muy pronto abría un ojo y le sonreía a su hijo. El hijo se quejaba. Su padre le obedecía de nuevo. Pero era incapaz de seguir resistiendo y abría el ojo, para observar a su hijo.

Esto se repetía una y otra vez, y después de su muerte cayó en la cuenta de que este ritual nocturno realmente era la historia de un padre que no quería dejar de mirar a su hijo.

Dios tampoco quiere hacerlo. Nos contempla a cada uno de nosotros y sonríe.

Cómo desearía que el lector cayera en la cuenta de esto y de que me enseñara a ser yo también mucho más consciente de esta maravilla.

Les confieso que lo poquito, casi nada, que participo de esto es lo que me da fuerzas para no cansarme, para no enojarme, para no frustrarme cuando todo sale mal y, además, me veo abandonado. "Dios me mira y me sonríe".

Es la mirada de un padre a su chiquito de meses, de una adolescente a un joven que la enamora, de una madre a su hijo. Pero, dirían los jóvenes, "a lo bestia". Una mirada y una sonrisa humana multiplicada millones de veces.

Escribo todo esto porque en el Paraguay, un pudridero de corrupción, queremos ser honestos en el sexo, que es lo más fácil entre lo más difícil. Pero, esto es poco. Luchamos por disminuir el abismo entre los que poseen todo y los que nada tienen y esto nos supera. Estamos decididos en llegar al poder y en ejercitarlo con honestidad y esto es... imposible.

El compromiso humano con mis hermanos hundidos me empuja hacia adelante para lograrlo.

El "Dios que me contempla y me sonríe" me coloca en la victoria.

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