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Opinión
domingo 31 de julio de 2016, 01:00

El oligarca Franz Wiebe

Por Luis Bareiro - Tw: @luisbareiro
Por Luis Bareiro

Franz Wiebe, con 17 años y todas las hormonas alborotadas de la juventud, no estaba montando un pura sangre y dando instrucciones a sus peones cuando se lo llevaron los criminales del EPP; no estaba tomando sol al borde de la pileta en el casco de la estancia, no estaba jugando al golf.

Franz no estaba visitando al padre en una lujosa oficina en su reclusorio penitenciario, no estaba celebrando el cumpleaños de su mascota con champán y cupcakes importados; ni siquiera estaba en una fiesta con karaoke malogrando una ranchera a las tres de la mañana, ni jugando vóley al morir la tarde con cerveza caliente y reguetón a todo volumen.

El casi adolescente Franz Wiebe no vestía jeans de moda ni zapatos deportivos de marca. No estaba jugando con su aplicación nueva en el smartphone ni mirando una serie de Netflix en su tableta nueva. No estaba probando videojuegos ni volando un dron. Ni siquiera estaba pescando en el río o cazando conejos.

El paraguayo Franz Wiebe, hijo y nieto de granjeros, descendiente de colonos emigrados al Paraguay hace más de 80 años, heredero de la fe de hombres y mujeres perseguidos en la vieja Europa por renunciar al uso de las armas, el joven compatriota Franz Wiebe estaba trabajando en el campo cuando se lo llevaron.

Y ni siquiera era su campo. Franz estaba trabajando en la finca de otro colono por una paga. Franz Wiebe estaba haciendo algún dinero para colaborar con los ingresos de su familia de siete miembros, los padres y cinco hijos de los cuales él es el mayor.

Franz Wiebe vestía ropa de faena y olía a sudor y a tierra cuando se lo llevaron.

Y el viernes, ante la imposibilidad de que su padre pudiera leer dos líneas sin quebrarse, otro colono como él tuvo que recitar el panfleto de la organización de criminales que se autodenominan Ejército del Pueblo Paraguayo en el que al trabajador del campo, Franz Wiebe, de 17 años, le colgaron el sambenito de oligarca.

Ahora los asesinos del EPP pretenden hacernos creer que para ellos ese joven que vendía su trabajo para generar ingresos a su familia –que carga con la maldición de la piel sin tizne de los inmigrantes, que lastima los oídos patrioteros con un rudo español germanizado, que ofende a algunos fanáticos por profesar una fe nacida de viejas disputas religiosas europeas– es un claro representante de la oligarquía, de la minoría que detenta el poder político y económico del Paraguay.

Es bueno que se les caiga la careta. Estos criminales nunca fueron más obvios. Ahora sí está claro que la revolución, el socialismo y la clase campesina les importa un comino. Sencillamente, quieren despejar el camino para los narcos, sus verdaderos y únicos compañeros de causa.