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Arte y Espectáculos
martes 25 de octubre de 2016, 11:09

"Él me nombró Malala", educación para cambiar al mundo

"Él me nombró Malala", un emocionante documental del estadounidense David Guggenheim ("Una verdad incómoda"), tuvo su estreno en nuestro país en el marco del 25 Festival de Cine en Paraguay, que concluye esta semana.

Por José Biancotti | jbiancotti@uhora.com.py

"La educación es un poder para las mujeres, y eso es por lo que los terroristas le tienen miedo a la educación. Ellos no quieren que una mujer se eduque porque entonces esa mujer será más poderosa"

Según una leyenda afgana, durante un enfrentamiento conocido como la Batalla de Maiwand, en la que Afganistán luchaba contra el ejército de Inglaterra, una joven llamada Malalai levantó su voz de aliento a las tropas para impulsarlas a la victoria.

Aquella voz fue interrumpida por un disparo que la dejó sin vida en medio de la batalla. Fue por este acto valeroso que se convirtió en una leyenda del folclore afgano.

Unos doscientos años después, Ziauddin Yousafzai, un profesor de Pakistán, nombró Malala a su hija como si vislumbrara un futuro parecido al de la heroína.

La niña creció influenciada por su padre y se convirtió en una defensora de los derechos humanos. En 2012, en plena adolescencia, realizó una crítica pública contra una norma que dictaba que las mujeres no podían recibir educación en su región.

Por este motivo, un grupo armado la atacó mientras iba en un autobús escolar.

Malala logró sobrevivir luego de una intervención médica y, dos años después, se volvió la persona más joven (tenía 17 años) en recibir el Premio Nobel de la Paz.

Su figura se convirtió en un símbolo de lucha y hoy día el público puede conocer esta historia a través del documental Él me nombró Malala, en el que se ve a la joven viviendo con su familia en Birmingham, mientras combina el activismo con el colegio.

El documental está centrado en la vida nueva de Malala después del ataque. Intenta captar su esencia como niña, estudiante y defensora de los derechos humanos.

Al mismo tiempo, se muestra cómo viven las niñas y la población en general de Afganistán bajo la dominación de los talibanes.

La cámara se traslada también a lugares como Nigeria o Kenia, donde Malala y su padre siguen buscando cambios en las políticas de derechos humanos.

Ambos, además, recuerdan -con retratos impresionistas- el origen de su familia en Pakistán y las dificultades que vivieron durante los últimos años.

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En el filme se incluyen imágenes de archivo y nuevas filmaciones dentro de la casa de Malala en Inglaterra. Ella interactúa con sus hermanos y se muestra como una niña muy normal que se sonroja al hablar sobre su gusto por los niños y los deportistas.

El documental también trata reflexivamente la imagen del padre de Malala, quien ya fue acusado de utilizar de alguna manera la imagen de su hija para promocionar un islamismo tolerante y moderado, además de exponerla a una muy corta edad.

El espectador puede quitar sus propias conclusiones al oír a la hija diciendo que su padre solo le impuso el nombre y que ella decide qué hacer con su vida.

A lo largo del largometraje se percibe además la presencia de una fe musulmana, donde se aboga por el perdón y el pudor, y se puede ver que existe la posibilidad de contraer un matrimonio por amor y no por obligación, como el de los padres de Malala.

Ambos cuentan que se casaron creyendo que cada uno se complementaba a la perfección, porque él se vio atraído por la belleza y ella por la inteligencia.

Malala, por otro lado, resalta por su valentía y su sonrisa durante su recuperación. La protagonista no ostenta algún aura extraordinario y, aunque sea consciente del poder de su mensaje y la influencia que puede tener en las masas, eso no impide que se compare con todas las niñas de este mundo, asegurando que es igual al resto y que su historia no es única, sino compartida por miles de niñas que sufren represión.

La lucha de Malala contra el radicalismo, los abusos y la opresión -actos representados, en este caso, por su país de origen- es la misma que todavía miles de mujeres en todo el mundo enfrentan para ser reconocidas como seres humanos con derechos.

Esta disputa por la libertad de la palabra -que en el documental recibe preponderancia- también puede servir para que miles de personas vean reflejadas sus propias luchas diarias contra el abuso de poder, la violencia familiar y las recriminaciones sociales.

Malala, con su propia vida, demuestra que "un niño, un maestro, un libro y un lápiz pueden cambiar el mundo" y que tomar una decisión de coraje, aunque eso pueda ser motivo de ataques, es mucho mejor que vivir durante cien años como un esclavo.

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