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Opinión
viernes 21 de octubre de 2016, 01:00

El largo camino a casa

Por Carolina Cuenca
Por Carolina Cuenca

¿Cuánto tarda un ciudadano en regresar a casa desde el trabajo? Y si tu casa queda fuera del área urbana –como le sucede a la gran mayoría– y además queda a unas cuadras de la ruta principal y tenés que caminar por el barrio, a veces nuevo y poco poblado, poco iluminado, y ni hablar si sos estudiante y después del trabajo vas a la facultad y terminás tarde las clases, sumale como otros riesgos ser joven y mujer... Sí, la cosa está muy peligrosa. Vivimos en estado de riesgo. Las personas que más se sacrifican son las que pasan peores circunstancias a diario. Por eso duele tanto y crea rebeldía cuando escuchamos los numerosos casos de asaltos y violencia hacia personas trabajadoras, indefensas, sufridas. ¿Por qué vivir de esta manera?

No debe ser así el Paraguay. Nos merecemos un ambiente social y un trato de parte de nuestras autoridades más acordes con nuestra dignidad y nuestro esfuerzo por mejorar. Lo segundo es responsabilidad en gran parte ajena. Pero lo primero depende mucho de nosotros. Especialmente el recuperar el sentido comunitario, el rechakuaa en donde nos toca. No es algo nuevo, sino más bien olvidado.

Conozco a muchas personas que madrugan para salir de casa todos los días, van parados en colectivo en viajes de una o dos horas, en los que ni pueden leer una revista o mirar el paisaje, aplastados entre otros trabajadores y estudiantes tempraneros como ellos. Están en el trabajo ocho horas y más, y regresan a casa en un peregrinaje casi sin colores. Llegan por la noche y siguen trabajando duro en casa, preparando cena, revisando tareas de los chicos, acondicionando todo para el día siguiente, alguna noticia y a dormir. Y de esa forma continúan su lucha.

Las más honradas aprovechan los fines de semana para dormir una o dos horas más, arreglan cosas, hacen servicios en su iglesia, celebran la vida de los suyos, contribuyen en causas solidarias, apoyan a sus hijos en sus actividades. Otras personas escogen el camino de la alienación, desde el viernes hay como una ansiedad por evadir el trajín de la semana y el peso de las obligaciones como sea. También hay gente muy sola. Los excesos están a la mano, pero no así su reencauzamiento. Si querés, por ejemplo, practicar en serio un deporte, hacer arte, emprender un negocio o rehabilitarte de un vicio, cuesta horrores, pero si querés farra sin compromiso o despilfarro, la cosa es fácil.

El sistema no está preparado para acoger nuestro deseo humano de felicidad, en su ancho y profundidad, con el respeto debido. En el fondo es una cuestión de autoengaño, de educación para el autoengaño. No porque así esté escrito en nuestro ADN o en nuestras raíces culturales. Al contrario. Es una traición a nuestra identidad más profunda de karai y kuñakarai, es un proceso de desintegración personal y colectiva. Un yo fragmentado, dividido interiormente, débil, es más fácil de manipular. Por eso el poder fragmenta y divide para manejarnos.

Volver a casa es regresar a nuestro sitio en este mundo, donde vivir según nuestros valores. Hace falta. Los adultos primero y detrás de nosotros vendrán nuestros niños también.