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Opinión
domingo 14 de agosto de 2016, 01:00

El homeless sueco y el vecino paraguayo rico

Por Luis Bareiro
Por Luis Bareiro

Fue motivo de escándalo en Suecia. Un homeless, un sintecho, un hombre que vivía en las calles, cayó desmayado en una avenida y casi lo atropellan. Sufría de una malformación cardiaca. Lo habían operado en un hospital público, una operación a corazón abierto, y luego de algunos meses de cuidados en la institución lo dejaron ir y el hombre volvió a las calles.

La indignación de los suecos era profunda. Se preguntaban para qué pagaban sus impuestos si el Estado iba a dejar que un ciudadano sueco con problemas de salud regresara a una zona de riesgo.

Demás está decir que el homeless del escándalo fue intervenido sin pagar una corona, que cobraba una pensión de desempleo, que comía y dormía en albergues públicos y que forma parte de una franja minúscula de la población sueca que se mantiene en la marginalidad, generalmente, por problemas asociados con el alcohol o las drogas.

Ese homeless es en Suecia un pobre extremo.

En Paraguay conocí a un emprendedor que inició una empresa gastronómica con muy buen tino logrando en solo cuatro años hacerse de una cómoda casa, una lujosa camioneta, cierto nivel de ahorro, seguro médico privado y, en general, todo lo necesario para garantizarle un muy buen pasar a su familia. El hombre había pasado a integrar la franja más alta de la clase media paraguaya. Soñaba con pasar al siguiente nivel. Para su barrio era el vecino rico.

Hasta que enfermó de cáncer. Siendo empleador no podía ser asegurado del IPS, único seguro que si tenés suerte y contactos puede cubrirte los gastos de las denominadas enfermedades catastróficas. Conseguir turno en un hospital público para el tratamiento le llevaría el tiempo necesario como para que la enfermedad se lo lleve. El seguro privado le cubría casi nada. Reventó los ahorros, malvendió la casa y el auto y se endeudó. Cuando finalmente –y casi milagrosamente– sanó, había regresado a la condición de pobreza. Sin casa, sin auto, sin trabajo y con deudas. Hoy casi vive de la caridad de sus hermanos.

¿Quién es pobre y quién es rico? ¿El homeless sueco o el exitoso emprendedor paraguayo?

Es una obviedad, pero a menudo lo olvidamos. Lo que marca la diferencia entre un sueco y nosotros es lo público, esas garantías que nos debe dar el Estado, única razón de ser de toda esa burocracia que financiamos con nuestros impuestos. Salud, educación, seguridad, transporte público, calles, plazas, agua potable, alcantarillado sanitario, rutas.

El ingreso personal es solo una parte de lo que hace a la riqueza de una persona, y es la más volátil. Por eso los informes sobre reducción de pobreza en Paraguay son engañosos. Se basan solo en los ingresos.

La verdad es que casi todos los paraguayos seguimos siendo pobres. Basta que el azar nos ponga en el camino a un asaltante puñal en mano, una arteria obstruida, un borracho al volante del auto del carril contrario y lo poco o mucho que construimos valdrá nada. Solo nos quedará lo público. Y lo público en Paraguay sigue siendo una quimera.