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domingo 14 de agosto de 2016, 01:00

El fuego del amor divino

Hoy reflexionamos el Evangelio según San Lucas 12,49-53.

El fuego aparece frecuentemente en la Sagrada Escritura como símbolo del amor de Dios, que purifica a los hombres de todas sus impurezas.

El Señor quiere que su amor prenda en nuestro corazón y provoque un incendio que lo invada todo. Él nos ama a cada uno con amor personal e individual, como si fuera el único objeto de su caridad.

El amor pide amor, y este se demuestra en las obras, en el empeño diario por tratar a Dios y por identificar nuestra voluntad con la suya. La segunda lectura nos anima a esa pelea diaria, sabiendo que estamos rodeados de una nube tan grande de testigos, los santos, que presencian nuestro combate, y quienes tenemos a nuestro lado, a los que tanto podemos ayudar con el ejemplo y con nuestro mismo empeño por estar más cerca de Cristo.

El papa Francisco al respecto del Evangelio de hoy dijo: “...Cristo, cuando se hizo hombre, comenzó un bautismo. Quiso ‘sumergirse’ dentro de la humanidad, para que nosotros pudiéramos ser sumergidos en la vida divina. Y lo hizo hasta el fondo de lo que significa ser uno de nosotros. Se adentró incluso en la realidad del sufrimiento, del abandono y de la muerte.

¿Por qué Cristo quiso entrar en nuestra vida? Dentro de su corazón ardía un fuego que no se puede apagar. Su corazón se compadeció de nuestra sed de amor, del verdadero amor. Y no solo nos amó hasta el fin, sino que nos invita a amar como él nos ha amado. El fuego que lleva dentro le mueve ardientemente a transmitirlo.

En el fuego hay luz y calor, pero también hay riesgos. Porque el fuego transforma todo aquello que toca. El verdadero amor cambia la vida y esto a veces nos puede causar miedo. ¿Estamos divididos por dentro? ¿Qué cosa tememos perder? ¿Acaso perdemos algo, si tenemos a Cristo? ¡Él es nuestro tesoro, él lo es todo para nosotros! Si acaso el amor nos lleva a dejar esto o aquello, en el fondo está abriendo espacios para llenar nuestra vida.

Jesús, confío en ti. Si tengo tu amor, lo tengo todo, y si me falta tu amor, lo he perdido todo. Ayúdame a no poner obstáculos a tu amor; que este fuego arda en mí. Entra en mi vida, y enséñame a amar como tú amas”.

“El signo para saber si uno está bien situado son las ganas de ser misericordioso con todos en adelante. Ahí está el fuego que vino a traer Jesús a la tierra, ese que enciende otros fuegos. Si no se prende la llama, es que alguno de los polos no permite el contacto. O la excesiva vergüenza, que no ‘pela los cables’ y, en vez de confesar abiertamente ‘hice esto y esto’, se tapa; o la excesiva dignidad, que toca las cosas con guantes”.

Asimismo, siguiendo las audiencias generales del Papa en Roma, el pasado miércoles dijo: “El pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar nos muestra a Jesús que, movido por la ternura ante el dolor de la madre viuda que lleva a enterrar a su único hijo, hace el milagro de resucitar al joven, restituyéndolo vivo a su madre. Jesús, en la puerta del pequeño poblado de Naín, no se queda indiferente frente a las lágrimas de la mujer, sino que, lleno de misericordia por su sufrimiento, la consuela y actúa.

Durante este Jubileo, sería bueno recordar lo ocurrido en la puerta de Naín, porque sabemos que pasar por la puerta santa es dirigirnos a la puerta del corazón misericordioso de Jesús que, como al joven difunto, nos invita a levantarnos y nos hace pasar de la muerte a la vida.

Él, con su ternura y su gracia, quiere también encontrarse con nosotros y darnos vida abundante. Llegamos a la puerta santa para presentar a la misericordia del Señor la propia vida, con sus alegrías y sus sufrimientos, con sus proyectos y sus caídas, con sus dudas y sus miedos, porque sabemos que es la puerta del encuentro entre el dolor de la humanidad y la compasión de Dios”.

(Frases extractadas del libro Hablar con Dios de Francisco Fernández Carvajal.