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Opinión
domingo 9 de abril de 2017, 01:00

El exilio de Heineken

Guido Rodríguez Alcalá

La cerveza Heineken está a un paso de ser prohibida en Hungría. ¿Por qué? Por comunista. ¿Por qué? Porque su etiqueta lleva una estrella roja. En todo caso, esto es lo que dice Viktor Orbán, el primer ministro de Hungría.

Yo concedo que la estrella roja fue el símbolo del antiguo partido comunista soviético, y que los húngaros tienen motivos para estar enojados con los rusos, pero no hay que exagerar: nadie toma cerveza por razones ideológicas.

Para comprender la exageración, hay que tomar en cuenta que don Viktor es un populista, del tipo de populistas que han surgido por todas partes, sea ganando las elecciones como él, o perdiéndolas por poco como Geert Wilders en Holanda, o prescindiendo de las elecciones como Al Sisi en Egipto.

Cuando Trump ganó las elecciones, Orbán quedó feliz, porque tienen mucho en común: uno y otro dijeron que los inmigrantes son "violadores"; con la diferencia de que Trump prometió construir un muro y su amigo húngaro ya lo ha construido.

Orbán dijo que Hungría necesita la "homogeneidad étnica", no creo que la consiga echando a los extranjeros.

Con tanto tiempo transcurrido desde la unión de nuestros primeros padres, Adán y Eva, somos todos mestizos y no pura sangre (exceptuando los caballos de carrera).

Por otra parte, y sin ánimo de ofender a nadie, me parece mejor que en ese país no haya pureza étnica, porque sus primeros pobladores fueron Atila y sus muchachos, los hunos, que no se caracterizaron por su cultura y sus buenas costumbres. Bueno, es mi modesta opinión, y no creo que pese, buena o mala: para un populista, cualquier argumento vale con tal de hacerse la víctima.

¿Quiénes son los victimarios?

Para Trump son los mexicanos; para Orbán son los serbios; para Wilders son los musulmanes. Los musulmanes, junto con el multiculturalismo, son los chivos expiatorios favoritos, aunque no los únicos: valen también los periodistas y los ecologistas.

En Hungría quieren cerrar una universidad financiada por George Soros, que es húngaro, porque su universidad es demasiado multicultural.

Con la acusación de multiculturalismo, el partido Alternativa para Alemania le sacó a Angela Merkel una buena cantidad de votos y de bancas parlamentarias.

También detestan el multiculturalismo el Frente Nacional de Francia, el brexit de Inglaterra y presuntas víctimas de una conspiración internacional donde están los chinos, porque son muchos y son muy malos.

Los chinos, según Trump, inventaron esa historia del calentamiento global, para que la industria norteamericana dejara de trabajar a plena capacidad, y así pudiera aventajarla la industria china.

En realidad, el chino del calentamiento global no era chino sino yanqui: el profesor James Hansen, científico de la NASA, fue el primero en dar la alarma sobre el calentamiento global. Después le ayudó el otro chino, Al Gore, con su película Una verdad incómoda.

En cuanto a los periodistas, los populistas los tratan mal o peor.

En algunos casos, son agarradas de palabra; en otras, de hecho y encima hecho de sangre, como sucede en Egipto con Al Sisi, o en las Filipinas con Rodrigo Duterte, con tantos o más agua'i que su colega. En fin, esperemos tiempos mejores.