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martes 12 de julio de 2016, 01:00

El desencanto ganó a manifestantes que coparon la plaza de la Justicia

A medida que se acercaba la hora de la lectura de la sentencia de los 11 procesados por la masacre de Curuguaty, un grupo importante de personas se congregaba frente al Palacio de Justicia, donde fueron instaladas por los familiares más cercanos de los acusados que esperaban el desenlace.

El grupo de gente, que llegó a superar las mil personas, según datos policiales, cantaba, rezaba y gritaba en medio de una tensa espera.

Un centenar de policías, entre cascos azules, antimotines y de la montada, custodiaban el Palacio, para evitar un posible disturbio que nunca existió.

Alrededor de las 13.40 empezó la lectura de la sentencia y la multitud, como sabiendo lo que se venía, sacó afuera su indignación, gritando entre otras cosas: “¡Asesinos!”, “¡Narcobierno!”, y otras arengas dirigidas a las autoridades.

Delia Esteche, una manifestante ya entrada en años, saltó la valla policial e intentó ingresar al Palacio ante la atenta mirada de los uniformados, que no quisieron reprimirla. “El pueblo se queda ahí parado ante esta injusticia. Murieron nuestros compañeros y van a seguir muriendo”, decía la mujer de 75 años.

Entre los presentes había gente de todas las edades. Se juntaron artistas, políticos, activistas sociales y jóvenes.

Celia Benítez (15), dirigente estudiantil de la Federación Nacional de Estudiantes Secundarios, a pesar de su juventud fue a llevar su apoyo a los campesinos que estaban siendo condenados. “Venimos a apoyar a los presos políticos. A ellos les mataron; ¿dónde se investiga la muerte de los campesinos? Solo se habla de la muerte de policías. Hoy son ellos, mañana podemos ser nosotros”, reflexionó.

La gente sacaba afuera toda la rabia con gritos de protesta, pero de forma pacífica, tanto que los policías que estaban enfrente daban la impresión de un público multitudinario que escuchaba atento a Ricardo Flecha cantando con la gente, Venceremos, la versión en español de We shall overcome, la canción de protesta, que coreaba: “No tenemos miedo”, algunos de los presentes con lágrimas en los ojos.