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Mundo
jueves 12 de enero de 2017, 09:17

El centro de Lima, patrimonio de la humanidad abandonado al polvo y las cenizas

Lima, 12 ene (EFE).- Con casi 500 años de historia, gran parte del casco antiguo de Lima, declarado Patrimonio de la Humanidad, languidece con muchos de sus tesoros arquitectónicos convertidos en tugurios y abandonados al lento pasar del tiempo, que los cubre de polvo e incluso los reduce a escombros y cenizas.

Salir del transitado y bullicioso Jirón de la Unión, la calle principal de la Lima antigua, que conecta la Plaza San Martín con la Plaza de Armas, donde está el Palacio de Gobierno y la catedral, es adentrarse en un entramado de vetustos edificios y casonas coloniales y republicanas en decadencia, nostálgicas del esplendor de épocas pasadas.

A pocas cuadras, en la Plaza 2 de Mayo, construida en 1874 como una elegante confluencia circular de tres grandes avenidas, a similitud de las plazas parisinas de la época, ahora hay hasta dos edificios parcialmente destruidos por sendos incendios, uno ocurrido hace dos años, y el otro, la pasada semana.

Ese último incendio, acontecido a escasos metros del anterior, ha sido el "detonante" para que el Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (Icomos) de Perú decida solicitar que el Gobierno peruano declare en emergencia el centro histórico, según explicó a Efe su presidente, Alberto Martorell.

Martorell consideró que el estado de conservación del centro de Lima es "paupérrimo" y puso como ejemplo más simbólico a la casona conocida como El Buque, situada en los Barrios Altos, que se ha incendiado hasta dos veces mientras convive con construcciones que transgreden su entorno histórico.

A pocos pasos de ese edificio está la otrora opulenta Quinta Heeren, sede a inicios del siglo XX de las embajadas de Japón, Bélgica, Alemania, Francia y Estados Unidos, y ahora deshabitada, olvidada y oculta a la vista de los turistas por estar rodeada de calles inseguras y llenas de baches, junto a edificios deteriorados.

En otros puntos del casco antiguo, centenarios balcones, tallados en madera con gran detallismo, desafían a la gravedad y la humedad para sostenerse en el aire como últimos supervivientes de la masiva destrucción de esas piezas artísticas, que inspiró a Mario Vargas Llosa a escribir la obra teatral "El loco de los balcones".

Muchas de esas señoriales casas, demostración del lujo de las clases altas limeñas en siglos pasados, fueron divididas en partes entre los herederos de las familias.

"Tenemos casas que hace 80 años se dejaron de inscribir en registros públicos. Pasaron a generaciones de generaciones de herederos, y los inquilinos se volvieron en propietarios de pedazos", detalló Martorell.

El experto acusó a las autoridades peruanas de "dejadez y absoluta indiferencia" en su labor de conservación del patrimonio histórico y lamentó que excusen su inacción en que la legislación no permite al Estado peruano intervenir una propiedad privada.

"¿No se puede hacer nada si el propietario no tiene fondos o deseo de conservar nada? Eso es lavarse las manos. Parece que no nos damos cuenta de que se puede generar riqueza y desarrollo sostenible desde el patrimonio", apuntó.

Martorell argumentó que declarar la zona histórica en emergencia permitirá reconocer el problema, aplicar la ley bajo la premisa del derecho a la cultura y movilizar recursos para revertir la creciente degradación de los barrios limeños más antiguos.

La declaración de la Unesco que en 1991 reconoció al casco antiguo de Lima como Patrimonio de la Humanidad ordenaba al Gobierno peruano y a la Municipalidad Metropolitana de Lima (MML) que se preserven las casonas y edificios monumentales.

En 2015, la Municipalidad cuantificó el coste de recuperar el centro histórico de Lima en 970 millones de dólares y cuando se registra algún desperfecto en los edificios suele responsabilizar al Ministerio de Cultura de tutelar el patrimonio de la Unesco.

Mientras tanto, los rincones más solitarios y marginados de la capital del antiguo virreinato del Perú esperan una rehabilitación que les devuelva la dignidad, para así desterrar el apelativo de "Lima, la horrible", puesto por el escritor limeño Sebastián Salazar Bondy hace ya hace más de cincuenta años como título de su libro más recordado.

Fernando Gimeno