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viernes 11 de agosto de 2017, 01:00

El amor y la cruz

Hoy meditamos el evangelio según San Mateo 16, 24-28. Jesucristo revela las ansias incontenibles de entregar su vida por amor. Y si queremos seguirle, no ya externamente sino hondamente, identificándonos con Él, ¿cómo podremos rechazar la cruz, el sacrificio, que tan íntimamente está relacionado con el amor y con la entrega?

El seguir a Cristo de cerca nos llevará a la abnegación más completa, a la plenitud del amor, a la alegría más grande. La abnegación, la identificación con su santa voluntad en todo, limpia, purifica, clarifica el alma y la diviniza. «Tener la cruz, es tener la alegría: ¡es tenerte a Ti, Señor!».

El papa Francisco, a propósito del evangelio de hoy, dijo: “El Evangelio de hoy nos alienta a la alegría y, asimismo, a aceptar el sufrimiento, la cruz, inseparables del seguimiento de Jesús. ¿Tengo experiencia de ambas realidades? ¿Sé armonizarlas en mi vida? A nadie le gusta sufrir. Pero el sufrimiento viene sin que lo busquemos. Todos podemos hablar de nuestra cruz de cada día. También de la lucha diaria por seguir a Jesús en medio de una sociedad que piensa y vive lo contrario”.

“En este Evangelio de Mateo, Jesús nos anima a seguirlo, a poner nuestros pasos en sus huellas. Jesús nos invita a superar nuestro egoísmo, a tomar nuestra cruz y a dar la vida por su reino”.

“Y quien sigue a Cristo tiene que aceptar llevar su cruz. Lo dice Jesús, en seguida, para hacer comprender a sus discípulos que sería una ilusión pensar en seguirlo, pero sin llevar con Él la cruz: ‘El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga’. ¿Después del pecado, es este el único camino de salvación para los individuos y para la humanidad entera?”.

“No se trata de una cruz ornamental, o de una cruz ideológica, sino que es la cruz del propio deber, la cruz del sacrificarse por los demás con amor —por los padres, los hijos, la familia, los amigos, también por los enemigos—, la cruz de la disponibilidad para ser solidarios con los pobres, para comprometerse por la justicia y la paz. Asumiendo esta actitud, estas cruces, siempre se pierde algo. No debemos olvidar jamás que ‘quien pierda la propia vida (por Cristo), la salvará’. Es un perder para ganar”.

(Del libro Hablar con Dios de Francisco Fernández Carvajal y http://es.catholic.net).