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martes 12 de julio de 2016, 01:00

Dolor de los pecados

Hoy meditamos el Evangelio de San Mateo 11, 20-24. No despreciarás, Señor, un corazón contrito y humillado. La palabra contrición quiere decir rompimiento –como cuando una piedra se rompe y se hace añicos–, y se da este nombre al dolor de las faltas y pecados para significar que el corazón endurecido por el pecado en cierta manera se despedaza por el dolor de haber ofendido a Dios.

Tampoco podemos reaccionar ante nuestras faltas, defectos y pecados aceptándolos como algo inevitable, casi natural, pactando con ellos, sino pidiendo perdón, recomenzando muchas veces. Le diremos al Señor: Padre, pequé contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros. Y el Señor, que está cerca de los que tienen el corazón contrito, escuchará siempre nuestra oración.

El papa Francisco al respecto del evangelio de hoy dijo: “El único deseo de Dios es salvar a la humanidad, pero el problema es que a menudo el hombre quiere dictar las reglas de la salvación. Es la paradoja dramática de tantas páginas de la Biblia que llega a su culmen en la vida terrena de Cristo.

Jesús expresa su disgusto al verse atacado por su misma gente, de la ciudad que le dan la espalda a su mensaje: “Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros realizados entre ustedes –es su advertencia a Corozaín y Betsaida– hace tiempo se habrían convertido”. En esta severa, pero también amarga comparación, está toda la historia de la salvación.

Así como han rechazado y asesinado a los profetas antes que llegara Él, porque eran incómodos, ahora hacen lo mismo con Jesús. Es justamente la clase dirigente la que cierra las puertas al modo como Jesús quiere salvarnos.

Y así se entienden los diálogos fuertes de Jesús, con la clase dirigente de su tiempo: se pelean, lo ponen a la prueba, le ponen trampas para ver si cae, porque se trata de la resistencia a ser salvados. Jesús les dice: “Pero yo no les entiendo” y señala que ellos “son como aquellos niños: hemos sonado la flauta y no han bailado; hemos cantado un lamento y no han llorado ¿Pero qué quieren? ‘¡Queremos salvarnos como nos gusta!’. Es siempre este el cierre al mundo de Dios”.

(Del libro Hablar con Dios y http://es.catholic.net/op/articulos/48745/cat/331/jesus-recrimina-a-las-ciudades-incredulas.html)