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Opinión
domingo 26 de febrero de 2017, 01:00

De las residentas a Teodolina Villalba

Luis Bareiro
Por Luis Bareiro

No creo que sea un accidente el que se hayan elegido la figura de las residentas y un episodio específico de su historia –la presunta donación de joyas para financiar la guerra– como símbolos del valor de la mujer nacida en estas tierras, y como justificativo para establecerles una fecha de recordación y homenaje.

No me extraña porque son hechos y personajes que se pierden en la mitología del tiempo, una simbología cómoda, lejana y aséptica de esa dura realidad que deben enfrentar la mayoría de las mujeres, un siglo y medio después de la guerra.

Entonces les contamos a los niños en las escuelas que la encarnación del valor femenino criollo son unas pocas damas de alcurnia que entregaron generosamente sus alhajas, y les hacemos escuchar el discurso del Papa repitiendo una y otra vez que la mujer paraguaya es la más heroica y la más gloriosa de América Latina.

Lo que no les decimos es que la palabra correcta no es heroína, sino mártir. No les contamos que por su sola condición de mujer han sido discriminadas, condenadas a la ignorancia, vejadas y convertidas en objeto durante generaciones, y que hoy siguen peleando (las que no han sido condicionadas para aceptar la discriminación como natural) por cuestiones tan básicas como el derecho a estudiar y trabajar en igual condición que los varones.

Esos niños escuchan luego que un obispo considera el acoso de un cura una piedrita de la que no hay que hacer escándalo convirtiéndola en montaña. Escuchan el silencio abrumador y cómplice de buena parte de la academia ante las trapisondas de uno de sus miembros, acosando y hostigando a estudiantes.

En medio de tanta hipocresía tuve la feliz oportunidad de entrevistar a una aguerrida líder social, Teodolina Villalba, a la sazón secretaria general de la Federación Nacional Campesina. Le pregunté cómo alcanzó ese cargo en una sociedad patriarcal y machista. Me dijo que se cansaron de acompañar las luchas y las marchas con sus hijos a cuestas, sin ocupar nunca puestos de relevancia en la organización, salvo garantizar la comida.

Se rebelaron. Les obligaron a crear guarderías en cada asentamiento, y que estas queden bajo cuidado de hombres y mujeres, por igual. Organizaron cuadrillas de mujeres que encaran a los hombres que golpean a sus parejas. Me explicó que, si el victimario quiere permanecer en el asentamiento, es obligado a realizar trabajos sociales, pintando paredes o limpiando baños en las escuelas; y que deben entrar a clases y explicar que están pagando por haber lastimado a una mujer.

Esas acciones la convirtieron en líder.

No me lo creí. ¿Y cómo se consigue eso?, pregunté. Sanción social, me respondió. El hombre le tiene miedo a lo que piensan de él. Si no hay condena social, no importa que se vaya unos días a la comisaría. Es la presión social la que cambia las conductas.

Señales. En el asentamiento campesino el acosador o el golpeador limpia los baños, en la ciudad es un profesor que coquetea, un cura débil ante la carne, una piedrita minúscula que pierde importancia ante la inmortal y aséptica estatua de las residentas.