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Opinión
martes 10 de enero de 2017, 02:00

De esas absurdas pulseadas

Por Samuel Acosta - En tw @acostasamu
Por Samuel Acosta

El año pasado, el Gobierno abrió frentes de batalla con varios sectores, paradójicamente, gracias a sus buenos rendimientos y, sobre todo, millonarias inversiones que ayudaron a maquillar las cifras macroeconómicas de las que sin pudor se jacta.

El problema principal del Ejecutivo es que tiene una idea y cree que –por estar en el ejercicio del poder– puede avasallar todo. Esa práctica de cambiar las reglas sobre la marcha o, en el peor de los casos, ajustarlas a su conveniencia es peligrosa.

Es así como se pelearon con las entidades cooperativas de las que pensaban recaudarían en promedio USD 60 millones y, sin embargo, a seis meses de la aplicación del famoso IVA a los préstamos apenas lograron USD 9 millones para el fisco.

Iniciaron una guerra sin cuartel con las fraccionadoras de gas saliendo con toda pomposidad a vender garrafas a G. 50.000, pero hoy los reportes hacen sospechar que ese precio está subsidiado.

También pleitearon con los grandes emblemas de combustibles restringiéndoles el 50% de importación del carburantes. ¿Qué país serio te limita a importar el 100% de insumos para tu negocio del lugar que mejor te parezca?

El ministro de Industria, Gustavo Leite, en vez de mostrar un tono conciliador sale a tildar de "oligopolio" a ese mismo sector empresarial que, con sus impuestos por importación de carburantes cada mes son los mayores aportantes ante la Dirección Nacional de Aduanas.

Ese ministro que despotrica contra las empresas a nivel local, va a los foros internacionales a decir que Paraguay es casi un paraíso de respeto a la seguridad jurídica.

Mención aparte merece el estudio del presupuesto para el 2017. Tras aceptar la Cámara de Diputados –de mayoría oficialista– el veto total a la ley, el Gobierno consiguió una pírrica victoria; pues para salvar los ajustes salariales que tendrá que aplicarlos desde este año tendrá que volver a negociar con el Parlamento ampliaciones presupuestarias.

Todo este lío que se armó sumado al daño de la imagen que dejó el país a nivel institucional se hubieran evitado, si no cometían la torpeza de meter la locura de la enmienda constitucional (pro reelección) en plena etapa de definición presupuestaria.

Como broche de oro, el Ejecutivo, sobre la hora, decide cambiar las reglas sobre el impuesto a la renta personal (IRP), lo que consecuentemente provoca la lógica reacción de protesta de todo el sector empresarial.

Un impuesto que en teoría nació para expandir la formalización del país, ahora resulta que tiene que ser una palanca recaudatoria.

Mientras se intenta por todos lados aumentar la presión al sector formal, se duerme ante la feroz evasión de toda una economía que se mueve en negro y a la que muy poco se hace para combatirla.

Así son las pulseadas, una lucha en la que por estar aplicando al máximo la fuerza del puño se reduce al mínimo capacidad del intelecto. Las consecuencias se miden recién cuando el daño está hecho.

Alguien tiene que parar la pelota, hacerles entender que aquellas gentes a quienes están atacando, son las que les están ayudando a levantar al país.