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Economía
lunes 13 de febrero de 2017, 01:00

De comas y ceros: La reconversión monetaria

Antonio Espinoza

El cero es de uso tan cotidiano y común que es fácil olvidar, y que, tal como lo conocemos hoy, es un invento relativamente reciente.

Sus primeros usos documentados como parte de un sistema decimal proceden de la cultura hindú, de los años 500 de la era cristiana. Fue popularizado en Europa por el matemático italiano Fibonacci recién a principios de los 1.200. Anteriormente, las operaciones matemáticas que usaban la numeración romana, con letras como símbolos numéricos, habían sido tan complejas y engorrosas que eran prácticamente imposibles en el día a día sin el soporte de voluminosas tablas de sumar y multiplicar.

Motiva esta breve disquisición histórica la noticia de que se piensa reactivar el plan de reconversión monetaria, por el cual se eliminarían tres ceros de nuestro signo monetario.

Los proponentes de la medida alegan que los grandes números presupuestarios nacionales serán más comprensibles, los billetes tendrán menos cantidad de ceros y, además, dejaremos de estar entre los diez países con monedas de menor valor en el mundo.

La nota de presentación del proyecto de ley explica que se va a "simplificar el manejo de cantidades por parte de las personas y entidades públicas y privadas, con lo que se facilitarán los procedimientos contables y de registro de cifras de los diferentes agentes del sistema económico. La disminución de gastos operativos y el logro de ahorros en términos de tiempo y recursos. Agilidad y eficiencia en los sistemas de cómputos".

¿Será tan así? En el uso diario y contable de las personas y empresas, ¿ganaremos mucho? Hagamos números: un monto que hoy se registra como, por ejemplo, 2.175.950, con el nuevo sistema pasaría a ser 2.175,95. El primer valor requiere siete dígitos para escribir, y el segundo, seis. Mucha tinta no hemos ahorrado con el cambio.

Poniéndolo de otra forma, entregamos tres ceros, y recibimos a cambio una coma y dos ceros. Con el inconveniente que en el proceso resucitamos la coma decimal y los céntimos, a quienes –con algún alivio– habíamos velado y sepultado hace ya unas décadas.

Tampoco se puede afirmar que una moneda de mayor valor contribuirá a nuestro crecimiento económico. El Dong vietnamita se cotiza a 22.600 por dólar, y Vietnam creció 6,7% en 2016. El Rupia indonesio vale 13.300 por dólar, pero Indonesia creció 5,1%. El Kip de Laos, a 8.100 por dólar, no impidió que su país crezca 6,8%

Esta transacción de cuestionables beneficios no viene sin costos. Todo lo contrario. Los miles de sistemas contables y financieros en bancos, comercios, industrias y en el propio Gobierno deberán ser reprogramados para reintroducir la coma decimal. Alegría para informáticos y contadores, pero dolor de cabeza y de bolsillo para todos los demás,

Todo eso, y los costos de reacuñar monedas y reimprimir billetes, además del oneroso esfuerzo publicitario de divulgación que será necesario. Costos que al final serán pagados, como siempre, por los sufridos consumidores y contribuyentes. Ello, sin hablar de la confusión de tener una nueva moneda, que, según el proyecto de ley, tendrá el mismo nombre y símbolo que la actual.

También perderemos la distinción de tener una de las monedas más longevas de la región, distinción que ha sido enarbolada ante inversionistas y financistas internacionales como símbolo de nuestra estabilidad macroeconómica a largo plazo.

Esto quizás sería aceptable si en el haber del análisis de costo-beneficio hubiera algo de peso. Pero, ¿todo este lío y gasto para suprimir un dígito? Merecemos una justificación mucho más sólidamente argumentada, con costos mucho más detallados, antes que nos pidan que nos embarquemos en una aventura de esta envergadura, que nos generará enormes gastos y distracciones, cuando tenemos temas de mucho mayor urgencia en la agenda nacional, incluyendo las cuestiones económicas.