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Mundo
miércoles 29 de marzo de 2017, 08:47

Danza para superar los prejuicios en Egipto

El Cairo, 29 mar (EFE).- Para la joven egipcia Menatalla Mohamed, vivir con espina bífida significa enfrentarse a innumerables retos, como superar los prejuicios que se encuentra a diario en las calles de Egipto. Prueba de ello es que este año debutará bailando en su silla de ruedas en el Festival de Arte Contemporáneo de El Cairo.

Las risas resuenan en un estudio de danza situado en el primer piso de un decrépito edificio del centro de la capital egipcia. Allí, la bailarina irlandesa Tara Brandel prepara una coreografía titulada "Square One", que integrará a dos chicas con discapacidad física junto a dos profesionales de la danza, y que se realizará en las calles cairotas.

Al final del ensayo, Menatalla asegura a Efe que esta es la primera vez que baila, ya que el año pasado solo pudo ver este festival desde la grada: "Me gustó mucho la idea. Ahí supe que tenía que formar parte del evento".

Una vez puesto el freno a la silla de ruedas en la que se encuentra postrada desde que tiene uso de razón, Menatalla comienza a colocar los brazos y coordinarse con Nermin, una bailarina egipcia de la Escuela de Danza Contemporánea de El Cairo, para mover el cuerpo como la música les pide.

A sus 27 años, le ha dado tiempo a ser campeona de halterofilia en varias ocasiones, y por eso cree que, aunque no pueda andar al tener amputadas las dos piernas, "hay que enseñar el poder del movimiento" a todos aquellos que "no creen que podemos".

Y si ellos no cambian, "somos nosotros quienes tenemos que cambiarles a la fuerza", asegura sin perder la sonrisa y tras mostrar una fotografía de la miríada de medallas conseguidas.

Su compañera Amal Abafatub, que también realiza la coreografía en una silla de ruedas junto a la bailarina Marihan, luce como ninguna en una imagen su cinturón negro de kárate.

Es el segundo año que participa en este festival, que reúne a numerosos artistas procedentes de todo el mundo y que ofrece espectáculos durante un mes en las calles de El Cairo.

Amal no quiere que la vean como "esa pobre chica en silla de ruedas". Según cuenta a Efe, quiere mostrar en la calle que también es una persona, como ellos. "Que soy capaz de hacer todo y que nada es imposible", agrega.

En cierto sector de la sociedad egipcia aún prevalece ese estigma hacia las personas discapacitadas, aunque "afortunadamente la gente empieza a mirarnos de forma diferente y van cambiando poco a poco", asevera Menatalla.

En palabras de Tara, la mujer que les ha dado la oportunidad de bailar ante decenas de personas en los bulevares egipcios, "esta es una gran idea y todo un desafío para ellas ya que actuarán en zonas muy pobres donde la discapacidad aún sorprende. Por eso, es una buena oportunidad para enseñar a integrarles" en la sociedad.

No ha venido a El Cairo con una idea fija para dirigir la coreografía: "Hay que juntar a las bailarinas y dejarlas que no paren", arguye. Lo que sí quiere en su obra es que sea "íntima, que confíen y que se escuchen entre ellas" con el cuerpo.

El gran desafío -añade Tara- es que sigan siendo "fuertes y compartan con los demás el sentido" de este espectáculo. Y sobre todo, que no pierdan la fe en sí mismas.

A unos pocos kilómetros, la bailarina holandesa Joop Oonk ensaya en el gimnasio de la Universidad Americana de El Cairo su coreografía, llamada "Blocks", cuyo resultado final se verá junto al trabajo de Tara los próximos 31 de marzo y 1 de abril.

Oonk busca que sus alumnos, que en su mayoría tienen síndrome de Down, sepan transmitir y hacer entender al público en la calle que son como los demás.

"Quiero que se sientan libres. Vengo con la idea de lo que tienen que hacer, pero a partir de los ensayos saldrá el resultado final", explica a Efe la coreógrafa que comenzó a bailar en Omán cuando tenía cuatro años.

Al final del ensayo, Oonk reúne a todo el equipo y le pide que cada uno diga en una palabra lo que quiere que signifique este ensayo y futura actuación.

Uno de ellos, que intervino el primero de todos, no lo dudó y exclamó bien alto: "Hazlo".

Por Isaac J. Martín