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Opinión
sábado 22 de julio de 2017, 01:00

Cuando el Paraguay se enfrenta al Paraguay

Andrés Colmán Gutiérrez – Twitter: @andrescolman
Por Andrés Colmán Gutiérrez

Varias generaciones de paraguayos hemos crecido con el mito de que Calle Última (ahora llamada avenida Madame Lynch), más que una calle que divide a Asunción de las ciudades vecinas, es en realidad una frontera no oficial que separa a dos países: el Paraguay de la capital –que centraliza la mayoría de los servicios, los privilegios y el poder– y el Paraguay del interior o de "la campaña", generalmente marginado u olvidado, sin embargo imprescindible para producir y alimentar al país capitalino.

Hoy probablemente el mito ya no es el mismo. Ni Calle Última es el final de Asunción (el límite real está a unas cuadras más allá), ni la capital es ya el símbolo máximo de la modernidad (otras urbes, como Ciudad del Este o Encarnación, han alcanzado un mayor grado de desarrollo), pero la frontera entre los dos países se mantiene. Solo que esta divisoria ya no es solo geográfica, sino principalmente cultural e ideológica.

Estos dos países vienen manteniendo un silencioso enfrentamiento desde hace tiempo, pero a veces lo hacen con mucho ruido, como en estos días, cuando miles de campesinos congregados en la Coordinadora Nacional Intersectorial (CNI), han venido a pedir que el Estado perdone a través de una ley la deuda de los pequeños productores agrícolas y para apoyar su reclamo marchan casi diariamente por las calles de la capital, haciendo colapsar aún más el ya de por sí colapsado tráfico automotor.

Es entonces, desde la rabia por quedar retenido durante minutos o horas en el auto o en el ómnibus, o por ser obligado a caminar largas cuadras para llegar al trabajo o al hogar, cuando sale a relucir la perspectiva urbana del país capitalino contra el país de la "campaña".

La perspectiva urbana del país capitalino no es solo una pertenencia física o geográfica. Es también una visión cultural y una postura ideológica. Desde esa perspectiva urbana (algunos dirían, de clase) del país capitalino, nos parece injusto condonar deudas a los pequeños productores campesinos, que constituyen la última trinchera en favor de la soberanía alimentaria, pero no sostenemos la misma crítica cuando desde el Gobierno se arrojan salvavidas económicos a empresarios del transporte, industriales en quiebra o banqueros dilapidadores.

Desde la perspectiva urbana del país capitalino es fácil ver a los invasores de la campaña como piqueteros violentos, haraganes, aprovechadores... pero quizás la visión sería distinta si la mirásemos también desde la otra perspectiva, la del país más humilde de "la campaña" o el interior.

La solución (o no) a este conflicto será política. Al margen de cual sea ese desenlace, podríamos avanzar en superar los estériles prejuicios y en derribar las fronteras, porque cuando el Paraguay enfrenta al Paraguay... siempre pierde el Paraguay.