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Opinión
lunes 13 de febrero de 2017, 02:00

Coprofagia y realidad

Blas Brítez – @Dedalus729
Por Blas Brítez

La sugestiva imagen de las cloacas de Asunción saliendo a la superficie —negras y a borbotones luego de las lluvias, en avenida Primer Presidente, frente al Jardín Botánico—, me recordó que un día de la segunda década del siglo XVII, llegó a Madrid un italiano bastante desorientado, encharcado en ese territorio lleno de barro e inmundicias que era la capital española durante aquella centuria, en el llamado Siglo de Oro: tan refulgente como sucio.

(Había tanto barro que, además de la dificultad tortuosa que ocasionaba a los carruajes para moverse, las mujeres para verse más famélicas y cadavéricas —al estilo de las modelos de alta costura de hoy—, y en otras ocasiones para utilizarlo como anticonceptivo, aprovechaban su abundancia e incurrían en la práctica de la bucarofagia: ingerían barro. Tan popular era en la nobleza fashion esta práctica que Lope de Vega la inmortalizó: "Niña del color quebrado/, o tienes amor, o comes barro/. Niña, que al salir el alba/ dorando los verdes prados/, esmaltan el de Madrid/ de jazmines tus pies blancos/; tú, que vives sin color/, y no vives sin cuidado/, o tienes amor, o comes barro"; y Diego de Velázquez, en Las meninas, pintó con esa falta de color a la Infanta Margarita).

Al mismo tiempo que ese italiano trataba de sortear el lodo y la basura para llegar a quién sabe qué lugar, se encontraba también en las calles de Madrid el poeta Francisco de Quevedo, primer espadachín de su tiempo, bebedor frecuente de la miel y la hiel de la Corte, a la sazón urgido hasta las heces por la necesidad de, precisamente, vaciar las tripas. No habiendo encontrado lugar alguno para cumplir con las leyes de la fisiología, se escondió detrás de unos arbustos, allí, en pleno centro de Madrid. Estaba en ese trance, cuando el italiano alelado pasó cerca de donde se encontraba el poeta, y lo vio mientras tenía los pantalones bajos y abonaba la tierra en cuclillas:

—¿¡Oh, che vedo!? —se preguntó el testigo en italiano.

Sin dejar de seguir en lo suyo, "el mayo malabarista verbal" del castellano (el juicio es de Roa Bastos) se indignó con la misma ferocidad de su fama:

—¡Coño! ¡Hasta por el culo me conocen!

En Suciedad, cuerpo y civilización, el filósofo de San Juan Nepomuceno, José Manuel Silvero, se pregunta: "¿Si la lucha cotidiana pasa por eliminar todo lo excrementicio, de qué vale fijar la mirada en la suciedad?". En esa fascinante explosión de mierda en el punto que divide uno de los pocos pulmones urbanos del ámbito en donde imperan el humo y el cemento, tal vez, se encuentre una poética respuesta al interrogante de Silvero. O en la ¿paradoja? de que la zona de Asunción que más hiede de mierda no está en los Bañados pauperizados, a menudo estigmatizados, sino en el opulento "nuevo polo corporativo" de la Madre de Ciudades. El coprofágico Quevedo sospechaba todos los días que la realidad es una mierda. Y que la suciedad bien vale la ironía y la poesía.