De alguna manera, convertirnos en conservadores renovadores es el camino que debe seguir nuestra estrategia económica y de desarrollo en general para los próximos años.
A nivel macro, ser conservadores nos ha dado resultados muy positivos en la última década, y ello no debería cambiar en tiempos mucho más complicados como el que nos toca vivir actualmente en términos de la coyuntura internacional.
Creo que ya existe un consenso amplio hoy sobre la importancia de mantener el orden y la disciplina en nuestro manejo macroeconómico. Y, efectivamente, esa ha sido la tónica en los últimos años.
Siempre habrá tentaciones para desviarse de dicho camino con argumentos que parecen muy atendibles por las diversas urgencias que tenemos como sociedad, pero basta mirar a los países vecinos para ver lo pernicioso que puede ser para todos --y particularmente para los más vulnerables– cuando se pierde la estabilidad macroeconómica.
En definitiva, dicha estabilidad es un bien público y hay que defenderla con un comportamiento más bien conservador y muy prudente de nuestra dirigencia económica.
Sin embargo, también existe un consenso amplio de que dicha estabilidad macroeconómica es una condición necesaria pero no suficiente para el verdadero progreso y desarrollo de una nación.
En este sentido, debemos referirnos a una serie de condiciones en lo micro que pueden llevarnos como país a un proceso más sostenido de crecimiento, basado fundamentalmente en el mejoramiento continuo de la productividad.
Esto implica la necesidad de avanzar hacia reformas claves e impostergables en sectores tan diversos como el sistema educativo, el sistema previsional, la banca de desarrollo de primer piso, el servicio civil, la gestión pública, el desarrollo de infraestructura, solo por citar algunos.
En muchos de estos campos, necesitamos transformaciones radicales y ser todo menos conservadores. Es decir, precisamos de mucha renovación y audacia para emprender los cambios.
Indicadores en temas claves nos muestran enormes contrastes.
Somos campeones en el manejo de la política monetaria e incluso fiscal, con una inflación baja y controlada desde hace mucho tiempo, una deuda externa todavía manejable y sólidas reservas internacionales que permiten un amplio campo de maniobra.
Pero al mismo tiempo, vemos con gran desilusión el paupérrimo rendimiento escolar de nuestros jóvenes, que una vez más se hizo patente esta semana con los resultados de las pruebas a las que fueron sometidos nuestros mejores alumnos –solo participan los que tienen promedios de 4 y 5– para acceder a las becas ofrecidas por Itaipú.
Ni hablemos de la horrorosa situación en cuanto al manejo eficiente de los recursos del Fonacide por parte de los municipios. Otro indicador que nos muestra la tremenda debilidad institucional que limita seriamente las posibilidades de una verdadera descentralización.
O el tremendo déficit que arrastramos en infraestructura física, con indicadores que nos ubica entre los últimos de toda la región.
Nuestro buen desempeño en lo macro ha generado, sin duda, condiciones muy favorables para que el sector privado aprovechase las oportunidades y empujase el crecimiento en la última década, uno de los más importantes en la historia económica reciente de nuestro país.
Sin embargo, no podemos pretender continuar en dicha senda mirando hacia adelante, tanto porque la coyuntura internacional se ha puesto mucho más complicada, como porque además necesitamos transformaciones mucho más profundas a nivel micro.
Por supuesto que dichas transformaciones y reformas son complejas. Y afectan intereses concretos de colectivos que tienen la capacidad de trabar los cambios.
Pero es acá en donde necesitamos de la política, de la capacidad de generar propuestas y acuerdos con una visión de Estado diferente que nos permita aprovechar todo el enorme potencial de nuestro país.