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Opinión
domingo 13 de noviembre de 2016, 01:00

Con la pistola en la sien

Por Luis Bareiro
Por Luis Bareiro

Alguien decía que la política es el arte de encantar, de convencer a los otros de que uno es capaz de hacer cosas sorprendentes sin necesidad de explicar con muchos detalles el cómo. El problema de esto es que cuando los políticos profesionales llevan demasiado tiempo prometiendo el prodigio sin lograrlo, y revelando de paso en ese proceso de desgaste que no solo su propuesta era exagerada, sino que además nunca fue su intención hacerla realidad, se produce el efecto contrario: el político pasa a ser sinónimo de desencanto.

El desencanto en la política tiene el mismo efecto que en el amor. Cuando se rompe el hechizo, las personas que veían en el candidato una suma de virtudes, ahora solo ven un cúmulo de defectos, magnificados probablemente bajo la lupa de la decepción y de la bronca.

La suma de malas experiencias políticas, como en el amor, puede provocar un desencanto generalizado con cualquier símil de los candidatos fallidos. "Todos los hombres son iguales, luego, todos los políticos son iguales".

En ese escenario de frustraciones acumuladas, cualquiera que se presente como ajeno al mundo tradicional de los políticos, como el irruptor que quiebra el sistema vigente, podrá resucitar el encantamiento, provocando una fidelidad que no requiere ser racional; será una apuesta emocional, un voto castigo, un voto bronca.

Eso nos viene pasando a los paraguayos desde hace ya dos periodos presidenciales, y le viene pasando al mundo desde antes. Acaba de ocurrir en la nación más poderosa del planeta.

La fórmula es casi siempre la misma. Un candidato surgido desde fuera de las filas políticas irrumpe en un partido o crea su propio movimiento y termina triunfando en las urnas.

Está demostrado que las chances son infinitamente mayores cuando el potencial candidato tiene suficiente dinero para financiar su propia campaña, o cuando proviene de una actividad que le ha permitido notoriedad pública. Los multimillonarios y las personas de los medios tienen desde el vamos la mitad del terreno ganado.

En el caso del señor Trump, aunó ambas virtudes; un magnate con permanente participación en los medios. Solo necesitó dar con un discurso visceral y políticamente deplorable, pero que calzara perfectamente con los sentimientos inconfesables de una franja importante de la población estadounidense compuesta por los trabajadores blancos de la clase media baja que se sienten excluidos de la nueva economía y que responsabilizan de su exclusión a la globalización y a los inmigrantes.

Lo peligroso de estos nuevos juegos de la democracia es que la historia nos dice que los estadistas nunca son producto de la improvisación. Ya es difícil encontrarlos en la política, pero suponer que daremos accidentalmente con uno en la revista Fortune o en el mundo de la farándula, más que jugarnos la chance a los dados, equivale a jalar del gatillo en una partida de ruleta rusa.