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Opinión
domingo 15 de mayo de 2016, 01:00

Clausurar la adolescencia

Por Benjamín Fernández Bogado – www.benjaminfernandezbogado.wordpress.com
Por Benjamín Fernández Bogado

La República cumple más de doscientos años, pero su población muestra claros signos adolescentes en su proceder y organización.

Lo que más necesitamos es lo que más detestamos.

Como todo joven que vive en ese periodo rechaza el orden, la limpieza, la jerarquía, el esfuerzo y la necesidad de madurar. Adolescente viene de adolecer. Del que le falta, del que carece.

El periodo era generalmente corto en los tiempos de la "sociedad sólida" de Bauman, y ahora puede prolongarse incluso a territorios cercanos a la tercera edad.

Una pareja de italianos acaba de hacerle un juicio de desalojo de la casa a un hijo de 40 años que vivía como un adolescente. En estos periodos de cambio no nos debe asustar que este fenómeno sea común y reiterado. Hijos que no pueden valerse por sí mismos recurren a sus padres que si tienen algo de poder se encargan de hacerlos figurar en planillas cobrando buenos salarios por ningún trabajo y otros que son incapaces de valerse por sí mismos, aunque hayan superado los treinta.

La adolescencia perpetua del Paraguay se ve en casi todos los campos y nada refleja más que la organización social que tenemos.

No queremos ser adultos y somos refractarios a la madurez.

Nos reiteramos en el error y siempre como buenos adolescentes culpamos a alguien de nuestro fracaso o error. Nunca asumimos lo que no está bien hecho y desde la atalaya de la adolescencia perpetua la culpa la tienen los padres, los maestros, el Estado y el maldito país en que nos tocó nacer. Jamás una autocrítica y menos una enmienda del reconocido error o fracaso. Un país del Cambalache, donde "no hay aplazados ni escalafón" solo puede lamentarse de no evolucionar como debiera.

El sistema educativo paraguayo para estar bien con las estadísticas o vivir en la mentira adolescente, por ejemplo, no aplaza ni hace repetir porque creen tontamente sus administradores que si lo hicieran les dejarían marcas indelebles en su espíritu.

Una forma de bullying es hoy aplazar en aulas. Los pobres maestros buenos desmoralizados y los malos, muy contentos por el atajo de la mediocridad que le han diseñado. A pesar de tener el país más de 200 años nos empeñamos en no asumir responsabilidades. Las repartimos entre todos para producir lo mismo que condenamos. Así es el Consejo de la Magistratura que elige jueces entre todos o el Ministerio de Educación, donde el titular deberá informar mensualmente a los alumnos de lo que hizo o dejó de hacer. Cuando se tengan que pagar los platos rotos cada uno tendrá su alícuota parte de responsabilidades, con lo cual nadie asumirá la suya. Diseño perfectamente adolescente.

El país requiere madurar, lo que significa asumir compromisos con el tiempo que nos toca vivir.

Lo opuesto es postergar el desarrollo. Tener la falsa conciencia de que nos va bien cuando en realidad cada día estamos peor.

La ex ministra de Educación –bastante adolescente incluso con el piercing en la nariz– decía abiertamente que tenemos una educación del siglo XIX, pero no se le movía un músculo de indignación.

Tuvo que sentir la presión de sus otros colegas adolescentes para que se diera cuenta de que habría que madurar rápido y pronto.

Lo que nos falta, lo que carecemos... lo que se adolece, debe ser parte del compromiso para hacer la res publica (la cosa de todos) un proyecto serio y maduro hacia el porvenir. Lo otro, es postergación pura.