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domingo 12 de marzo de 2017, 05:43

Chantas

Arnaldo Alegre
Por Arnaldo Alegre
16 de agosto de 1869. El suelo de Acosta Ñu tiembla. El galope es infernal. Las tropas invasores sedientas de sangre hunden sus fauces en el último frente de batalla de un país que se resiste a morir arrodillado. 3.500 niños harapientos, hambrientos y ateridos se enfrentan a 20.000 hombres de la nefasta Triple Alianza. Son arrasados sin piedad. La infantil sangre derramada es una mancha imborrable de la barbarie. Un pendón ante el cual todo paraguayo debe expresar sus respetos eternamente.
En teoría.

Marzo del 2017. A 148 años de la patriótica gesta, el campo de batalla es explotado por empresas privadas para sacar arcilla y vender a las olerías. Hasta hoy los trabajadores encuentran restos del cruento episodio: son dados como suvenires. El intendente de Eusebio Ayala, Eladio Giret, no sabe ni siquiera si el terreno fue declarado de interés histórico o cultural distrital alguna vez. Recién la semana pasada la Secretaría Nacional de Cultura lo declaró de interés patrimonial. Se nota que no se apuraron. O lo hicieron cuando Última Hora comenzó a mostrar el abandono y el expolio. No hay acceso de todo tiempo para llegar a la zona. En diciembre se adjudicó la obra a Ecomipa, vieja amiga de la patria contratista. Hasta hoy no se movió un miserable tractor. El asfaltado lo impulsó Cartes para compensar su desconocimiento histórico sobre el episodio bélico. Cuando pobladores le pidieron una ayuda para tener dicha mejora, él respondió como un estadista: "¿Qué es Acosta Ñu?". Hay un museo a medio andar que está ubicado a kilómetros del campo de batalla, cuenta la leyenda que es así por un favor que
Stroessner hizo a un amigo.

Este es el fiel reflejo de la alharaca del patrioterismo en general, pero en especial el del paraguayo. Chantas. Embusteros. Bocones envanecidos por su voz henchida de superficialidad. Urracas vanidosas que repiten libretos.

Cada 16 de agosto, Paraguay entero llora a sus niños mártires, el resto de los días el más tenaz de los olvidos. Los gobiernos eufóricos ponen el nombre de Acosta Ñu a hospitales, liceos y demás artificios edilicios. Cuando hay que hacer algo útil, cuando hay que hacer algo concreto para dignificar ese suelo que, en teoría, debe ser sagrado, miran para otro lado. Pero no es el único caso. Los museos del Chaco sobreviven gracias a los menonitas, por ejemplo.

Vamos a ser realmente un país serio cuando comencemos a desoír los cantos de sirena y a honrar nuestra palabra con hechos.

Solo así tendrá verdadero valor el terrible sacrificio de Acosta Ñu.