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Opinión
domingo 10 de julio de 2016, 01:00

Cartes y el riesgo de caer en su propia trampa

Por Estela Ruiz Díaz
Por Estela Ruíz Díaz

Lejos de buscar un acercamiento, diálogo o al menos la política de no confrontación con el Congreso, el presidente Horacio Cartes está convencido de lo contrario.

Aún retumba en el Parlamento su informe de gestión, especialmente cuando detalló cómo los salarios estatales carcomen el presupuesto impidiendo una mejor inversión pública. En este pasaje apuntó a Nicanor Duarte Frutos, uno de sus más filosos críticos, y a Fernando Lugo. Datos oficiales consignan que en los dos periodos presidenciales ingresaron 100 mil estatales de los cuales 80 mil pertenecen a la era Lugo/Franco. "Demostremos a la gente que podemos superar esa mediocre forma de hacer política", desafió a los legisladores en su propia casa.

Ignorando el reloj biológico del poder, Cartes no detecta que se le va acabando el tiempo. Ya no le bastará el discurso que apunte a la administración anterior ni a los adversarios para justificar su mala gestión, o la lentitud de sus planes.

SER O NO SER. Cartes siempre fue muy duro con la clase política, que sin dudas es corrupta, prebendaria y clientelar. Decidió gobernar con un sector de la ANR que lo hizo por gratitud, obligación o supervivencia, pero sin convicción.

En política, los tiempos son claves para gobernar. En el primer tiempo tiene todo el poder y la legitimidad para llevar adelante sus proyectos. Los que tienen programas sólidos y objetivos claros, apenas asumen echan a andar sus planes con una batería de proyectos, decretos, etc. Así, aunque tome decisiones impopulares, la legitimidad de su triunfo electoral le sirve de base para soportar las críticas.

Cartes asumió un discurso audaz y hasta agresivo contra los políticos, y no le fue mal porque la ciudadanía estaba harta de los pillos de siempre.

Pero este escenario es favorable un cierto tiempo.

TIEMPO DE DESCUENTO. El reloj va marcando el tiempo de descuento para esta administración, donde sobresalen sus errores y corrupciones.

Cartes es duro con sus adversarios, pero no tiene la misma temeridad para "cortar la mano" a sus funcionarios que le fallaron, tal como prometió el año pasado.

Quizá por temor a las críticas, toma decisiones tibias cuando se trata de groseras desprolijidades de sus elegidos.

Los titulares de los medios destacan diariamiente los errores y corrupciones de su Gobierno.

La lista empezó en su gabinete, de su elogiada selección nacional. Aparte de destituir a Jorge Gattini del Ministerio de Agricultura, no hizo mucho para aclarar las acusaciones de corrupción de la ejecución de 50 millones de dólares de los bonos soberanos. Auditoría del Poder Ejecutivo sigue investigando sin dar su dictamen sobre el punto.

El ministro de Obras, Ramón Jiménez Gaona, apenas salió de la polémica concesión dudosa a la empresa Tape Porã por su vinculación familiar, quedó entrampado en el fango de la crisis ecológica del Pilcomayo. Si bien tomó la iniciativa de destituir al director de la Comisión del Pilcomayo y derivar a la Fiscalía la investigación de una aparente corrupción en el manejo de los fondos para el mantenimiento del canal, el tema explotó en su rostro y hoy pelea con molinos de viento intentando explicar lo inexplicable en medio de la agonía de los yacarés.

Su caso asemeja al de la ex ministra Marta Lafuente, quien tuvo que renunciar porque no supo explicar porqué iba a pagar G. 80 mil por dos termos de cocido.

Paralelamente la prensa sigue publicando los desmanes en el Indert, una institución que los propios campesinos piden su extinción. Y eso que su titular, Justo Cárdenas, hace poco nomás balbuceaba explicaciones sobre sobrefacturaciones en la construcción de pozos para asentamientos. Un escándalo tras otro.

Las Fuerzas Armadas también se anotan en esta lista. La prensa apunta al propio comandante, Gral. Luis Gonzaga Garcete, de despilfarrar miles de millones del sensible Fonacide. Como si fuera poco, su esposa, Lucía Duarte, comandaba una ONG y hacía caridad con funcionarios y dinero público. Como toda respuesta, Cartes ordenó desalojar la oficina de la "generala" del predio militar, ejecutada por el ministro de Defensa, Diógenes Martínez.

Y la Policía, con su desvergonzada protección a un narcotraficante argentino que confirmó la fama de país corrupto una vez más. ¿Alguien puede creer que el caso Pérez Corrradi es un negocio de suboficiales de medio pelo?

Esto es parte del rosario de errores y probables corrupciones de los hombres de Cartes. No solo de los políticos a los que tanto gusta golpear apenas tiene la oportunidad.

"La política del jefe es que si no tenés nada que ver, te quedás y peleás", dijo un alto funcionario del Palacio sobre la inacción a la hora de castigar a sus hombres.

Cartes tiene que saber que aunque destituya a un funcionario cuestionado igual será criticado porque le enrostrarán que se equivocó al elegirlo como parte de su selección nacional.

Pero más grave y más grande será su error si mantiene a ese funcionario cuestionado por incapaz o corrupto por la soberbia de no querer asumir la equivocación de haberlo elegido. O peor aún, porque la destitución sería darle la razón a la oposición.

Alguien le tiene que avisar que cuando alerta que "todas las veces que haga falta voy a salir a contestar a estos sinvergüenzas que quieren defender lo que no es defendible", del otro lado le responderán con la misma letra, pero con mejor guión y más virulencia.