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Opinión
domingo 26 de febrero de 2017, 01:00

Caprichos

Benjamín Fernández Bogado – www.benjaminfernandezbogado.wordpress.com
Por Benjamín Fernández Bogado

Uno de los peores consejeros –poco analizados entre nosotros– lo constituyen esas decisiones que se toman dominados por la irracionalidad de la conducta, pero que permiten ejercer el poder sobre algo que finalmente resulta incluso perjudicial para el que lo hace. "Ajapo hese la che capricho" resume en jopara el sentido de esa manera de ver las cosas y las decisiones equivocadas y perjudiciales que se toman muchas veces. Esta lucha por el remanido tema de la enmienda encierra mucho de esa ilógica conducta en la que han caído todos los presidentes desde el 2002, fecha en que se podía modificar la Constitución.

Lo hizo el caprichoso Nicanor, a quien se le advirtió el error de ser candidato de la ANR al tiempo de ser presidente y el deseo de buscar por el atajo de la enmienda la modificación del artículo constitucional que lo impedía, o el ser candidato a senador sin renunciar. Surgió Lugo como abanderado contra ese capricho y ahora sorprendentemente con su grupo sostiene lo opuesto 10 años después. Caprichos del poderoso y demostración de poder y ausencia de razón que no admite el menor menoscabo a su condición de tal. Luego terminan por admitir sus errores, pero después del grave daño que infligieron a las normas, las relaciones y a la democracia en su conjunto.

Los caprichosos son tan temibles y dañinos como los envidiosos, mediocres o torpes. O tal vez encierren esos mismos conceptos en ese déficit congénito de carácter que parece dominar nuestras conductas desde Francia, que por caprichoso se perdió la oportunidad de conocer a un sabio de talla mundial como Bonpland, a quien metió preso primero y desterró después. O López, que no entendió la relación de fuerzas y el lugar que el Paraguay tenía antes de someterlo al holocausto de la Guerra Grande. Caprichosos aquellos que mienten, calumnian, difaman o intrigan. En democracia parecen contenidas esas fuerzas, pero en dictadura son capaces de acabar con la vida y haciendas solo para sostener la vileza e injusticia de sus caprichos.

Lo tiene el hombre rico o el pobre. No hay distingos en eso. El primero paga cuando quiere, no cuando debe. Hay algunos personajes acaudalados que fueron protagonistas de la política criolla donde cobrarlos era un acto sujeto a humillación. "Te pagaré cuando quiera, no cuando vos los desees" era su frase favorita. Está el otro que priva de una servidumbre de paso simplemente guiado por un capricho personal baladí, que se justifica en alguna acción sin aparente importancia protagonizada por la víctima o pariente de ella. No mide ni le importa la gravedad de su capricho. Este se impone siempre sobre la razón.

Dicen algunos que el haber ganado de mano en este juego de naipes entre tahúres, de presentar un proyecto de enmienda y rechazarlo para evitar que lo hagan desde el Ejecutivo, ha llevado al capricho del presidente de forzar la enmienda a como sea para satisfacer el deseo personal de "no dejar pasar semejante humillación".

Las debilidades de carácter y la ausencia de valorar gestos de grandeza nos han hecho prisioneros de los caprichosos que contra toda lógica y razón mantienen en vilo a toda una democracia lactante como la nuestra.