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Opinión
viernes 17 de febrero de 2017, 02:00

Calidad educativa

Darío Lugo – TW: @apolo1970

El regreso a clases marca uno de los momentos más álgidos del año, atendiendo a los preparativos en presupuesto para uniformes y útiles, al reacomodo en los tiempos y el biorritmo de toda la familia, además del estrés natural que causa tan solo pensar en que la billetera deberá desangrarse nuevamente para las inversiones propias de la educación de los hijos.

Surgen las promociones, las ofertas y las mil y una estrategias de márketing con el fin de ofrecer –a quienes pueden– la camisa más linda o el cuaderno de mejor rendimiento. La atención está centrada en las incontables propuestas del mercado, desde lo modesto hasta lo más sofisticado; al tiempo de instalarse en la retina de los espectadores el deplorable estado de muchas escuelas, con su secuela de limitaciones y necesidades.

En el fondo, se trata de cumplir un ciclo más dentro del proceso educativo que brinde la formación académica a los pequeños y adolescentes, además de la concreción de un rito cargado de expectativas por la inserción de los estudiantes al sistema, agregado al recurrente tire y afloje entre Ministerio de Educación y docentes sindicalizados, enfrascados en diferencias atávicas y con amenazas mutuas que derivan en menor propuesta pedagógica.

Pero más allá de lo que anualmente permite encender los motores para arrancar un nuevo periodo escolar, poco y nada se gesta el debate en torno a la utópica y tan anhelada calidad educativa, que abarque ámbitos allende las fronteras del ámbito de un centro educativo o de la burocracia estatal.

No es posible, por cierto, obtener resultados en un año o en cinco cuando se implementa una reforma como la que aconteció en los años noventa; sin embargo, ya se dejaron escuchar algunas críticas en torno al abordaje del currículum y las prioridades hacia materias que ofrezcan como resultado un producto más orientado a las nuevas tecnologías y alejado de contenidos meramente teóricos.

Ciertamente que el conocimiento de las llamadas tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC) constituyen un excelente esquema para el aprendizaje de los niños y jóvenes; pero se evidencia a la par el déficit en cuestiones relacionadas con el llamado aprendizaje para la vida o la orientación con el fin de lograr jóvenes preparados para el entorno que les tocará, llegado el momento de salir adelante por sí mismos.

Sigue imperando la mera repetición, la limitación para conceptualizar, el exiguo vocabulario y la poca generación de un aprendizaje genuino y verdadero, flagelos que seguirán mientras no se insista por todos los medios para un mayor compromiso de toda la comunidad en pos de una todavía renuente calidad educativa.