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domingo 16 de octubre de 2016, 01:00

Brochero: Un “pastor con olor a oveja”

Aún se respiran los aires de los festejos del Congreso Eucarístico Nacional, del bicentenario, de la beatificación de Mama Antula y el papa Francisco regala a la Iglesia universal un nuevo santo argentino: el cura Brochero. Un modelo de sacerdote y ciudadano que supo ponerse “la Patria al hombro” y se jugó la vida por sus queridos serranos, transformándose en protagonista de la historia del país.

El mensaje del cura gaucho, que vivió a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, sigue siendo muy actual. Brochero se eleva a los altares como un verdadero ícono de la propuesta pastoral de Francisco y como símbolo de los valores del pueblo argentino. La figura de Brochero nos interpela a todos y nos invita a recrear los valores de la cultura del encuentro, la atención a los vulnerables y la magnanimidad de emprender proyectos grandes en servicio de los demás.

En este Año Santo de la Misericordia, conocer la vida de José Gabriel del Rosario Brochero nos sirve para tomar su ejemplo, para enorgullecernos de este cura bien nuestro que siguió el llamado de Dios y se comprometió a fondo con sus paisanos y feligreses.

En su último videomensaje a los argentinos, el papa Francisco puso especial énfasis al subrayar que nuestra patria “necesita que le entreguemos lo mejor de nosotros mismos, para mejorar, crecer, madurar” y eso podemos pedírselo a Brochero, que no solo entregó lo mejor de sí mismo, sino que trabajó de manera incansable promoviendo el desarrollo humano, espiritual, social y económico acorde con la dignidad de esos 10.000 habitantes que vivían en lugares lejanos, sin caminos, sin escuelas, incomunicados por las Sierras Grandes de más de 2.000 metros de altura.

En su vida, llama la atención la importancia que le daba a cada persona. Brochero amaba profundamente a su gente y como verdadero pastor nunca perdía la esperanza e intentaba por todos los medios recuperar a aquellas ovejas que habían equivocado el camino.

Ejemplo de esto es la historia de Jovino Figueroa, un delincuente de la zona que había asesinado a varias personas con el fin de quedarse con sus bienes. El cura gaucho, preocupado por el corazón de este hombre, logró que participara de un retiro espiritual y ese encuentro con Jesús dejó huella en Jovino, que a partir de entonces decidió vivir como un buen cristiano.

El nuevo santo entendía que los problemas espirituales iban de la mano de los materiales, por eso se preocupaba por acercar a la gente a Dios y por ayudarla a solucionar sus problemas concretos. Un “pastor con olor a oveja” para quien cada alma valía el 100% de su entrega sin importar cualquier sacrificio que fuera necesario para ayudar al que lo necesitara. Construyó capillas, una casa de ejercicios, kilómetros de caminos, escuelas, y hasta una acequia para hacer llegar el agua a los poblados.

San Josemaría, otro santo del siglo XX, compartía esta visión de la evangelización y predicaba que “un hombre o una sociedad que no reaccione ante las tribulaciones o las injusticias, y que no se esfuerce por aliviarlas, no son un hombre o una sociedad a la medida del amor del Corazón de Cristo”. Porque, justamente, la clave está en el amor que pongamos en las cosas que hacemos cada día, por Dios y por nuestros hermanos y hermanas necesitados, sobre todo, por los más débiles y excluidos.

La canonización del cura Brochero nos empuja a mirar de nuevo el futuro con esperanza, haciendo memoria de nuestro pasado común. Ante este regalo que nos hace la historia y que vivimos con muchísima alegría junto a nuestro querido papa Francisco, renovemos nuestro compromiso por lograr una cultura del encuentro pidiéndole al santo cura Brochero que nos dé la valentía de ponernos la patria al hombro “para amar a todos sin excluir a nadie”.