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lunes 25 de julio de 2016, 01:00

Beber el cáliz del Señor

Hoy reflexionamos el Evangelio de San Mateo 20, 20-28. Es difícil de entender el lenguaje de la cruz. Sin embargo, ellos –Santiago y Juan– están dispuestos, aunque sea con una intención general, a querer todo lo que Jesús quiera.

No habían puesto ningún límite a su Señor; tampoco nosotros lo hemos puesto. Por eso, cuando pedimos algo en nuestra oración debemos estar dispuestos a aceptar, por encima de todo, la voluntad de Dios; también, cuando no coincida con nuestros deseos.

“Su majestad –dice Santa Teresa– sabe mejor lo que nos conviene; no hay para qué aconsejar lo que nos ha de dar, que nos puede con razón decir que no sabemos lo que pedimos”. Quiere que le pidamos lo que necesitamos y deseemos pero, sobre todo, que conformemos nuestra voluntad con la suya. Él nos dará siempre lo mejor.

El papa Francisco, al respecto del evangelio de hoy dijo: “Existe el riesgo de no entender la verdadera misión del Señor: esto sucede cuando se aprovecha de Jesús, pensando en ‘el poder’. Esta actitud se repite en los evangelios. Muchos siguen a Jesús por interés. Incluso, entre sus apóstoles: los hijos de Zebedeo querían ser, uno, primer ministro y el otro, ministro de economía, querían el poder.

Esa gracia de llevar la buena noticia a los pobres, la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia, se vuelve oscura, se pierde y se convierte en querer algo del poder.

Siempre existió esa tentación del poder y de la hipocresía, de pasar del estupor religioso que Jesús nos da cuando nos encuentra, a querer sacar una ventaja personal.

Esta fue también la propuesta del diablo a Jesús en las tentaciones. Una la del pan, la otra la del espectáculo: Vamos a hacer un gran espectáculo, así todas las personas van a creer en ti.

Y la tercera, la apostasía, es decir, la adoración de los ídolos. Y esta es una tentación diaria de los cristianos, nuestra, de todos los que son de la Iglesia: la tentación no del poder, de la potencia del Espíritu, sino la tentación del poder mundano.

(Del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal, y http://es.catholic.netl)